50 aniversario de «Jeanne Dielman»

Hace 50 años se presentó en el Festival de cine de Cannes la obra maestra de una directora belga que con tan sólo 24 años fue capaz de aunar modernidad, personalidad y feminismo en una película. Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles de Chantal Akerman se convirtió desde el momento mismo de aquella proyección en una obra a tener en cuenta. Aquella primera vez hubo gente que abandonó la sala, sin embargo, no fue impedimento para que el talento y la maestría fílmica superara esos abandonos puntuales y fuese catalogada, casi desde el principio, de obra maestra.

Yo la vi por primera vez en 2019 en el Cine Doré de Madrid en un ciclo dedicado a Chantal Akerman. La sala no estaba llena y, como sucediera en Cannes en 1975, hubo gente que abandonó la sala. A mí me abdujo.

Desde aquel día de diciembre de 2019 hasta hoy, 22 de mayo de 2025, día del 50 aniversario del estreno de la película, han pasado muchas cosas, pero lo que no ha pasado es mi admiración y amor por esta película. Es más, con el paso del tiempo ha ido creciendo.

El año pasado decidí escribir sobre ella, sobre todo lo que había ido aprendiendo acerca del filme, de Chantal, de Delphine… pero también sobre todas las sensaciones que me provocaba, sobre todas las conexiones que yo me fabricaba en mi mente con otras directoras, con otras películas, con escritoras, con artistas, con pensadoras… Porque todo irremediablemente me llevaba a esa película. Y sí, escribí lo que se puede considerar un ensayo personal, un ensayo para que quien lo lea se haga una idea de lo que supuso Jeanne Dielman y su importancia en la historia del cine en general, en la historia del cine hecho por mujeres en particular y en la mía propia.

Durante ese año de investigación y estudio, encontré documentos de Chantal, me topé con el primer tratamiento de la primera versión que escribió y que no tenía nada que ver con lo que luego llegó a ser. Aprendí muchas más cosas sobre Chantal, vi más películas suyas. Leí lo que dijeron de la película en los años 70 las diferentes personas que iban escribiendo sobre ella… Me vi sumergida en un universo increíble que me hizo crecer como cinéfila porque las interconexiones y los descubrimientos iban aumentando exponencialmente.

En 2020 escribí una reseña en este blog. La dejo tal cual, no la modifico, aunque desde luego no refleja mi pasión… tal vez todavía se estaba gestando. Hoy me sería raro escribirla así, sería mucho más intensa, de eso seguro y no abordaría el tema de la prostitución de la misma manera, porque después de leer y escuchar muchas más entrevistas de Chantal Akerman, no estoy segura de que sea una denuncia, sino, como ella decía, una metáfora. Cuando se lo escuché por primera vez no lo entendí, pero ahora tengo el conocimiento para hacerlo, sobre todo después de haber leído a Gerda Lerner y a Adrienne Rich y, también después de haberla leído a ella. La prostitución en Jeanne Dielman es una metáfora de la servidumbre sexual de la esposa. Y esto es así cuando sabemos que en la primera versión del guion que escribió Chantal la película comenzaba con Jeanne y su marido después de tener relaciones sexuales y dejándole él dinero en la mesilla para los gastos del día.

Poco a poco Jeanne Dielman fue calando en mi imaginario. A fecha de hoy, yo que vengo del cine clásico de Hollywood, me emociona tanto ver a Jeanne Dielman pelando patatas como ver a Scarlet O’Hara escarbando en el huerto rebuscando algo que comer y poniendo a Dios por testigo que nunca más volvería a pasar hambre. Puso mi universo y mis referentes fílmicos patas arriba y le estoy muy agradecida por ello.

Todavía recuerdo la emotividad con la que reconocí, en cierta manera, la Cocina I de Isabel Quintanilla cuando la vi en el Museo Thyssen. Pensé, es como la cocina de Jeanne. O el barreño colocado en la pila de Carmen de Carabanchel, el corto que Cecilia Bartolomé había filmado 10 años antes, en 1965.

Cocina I (Isabel Quintanilla)

Cuando la has visto no es fácil quitársela de la cabeza, lo decía Claire Atherton (montadora y amiga de Chantal) que, aunque la vio con 13 años y no la entendió del todo, se le quedó dentro de su cuerpo y mente. Así fue para Laura Mulvey, una de las teóricas fílmicas más importante, que desde que la viera en 1976 en el Festival de Cine de Edimburgo supo que aquella película destacaba entre el resto y se convirtió en una de las más firmes defensoras y divulgadora de esta obra. Tampoco para el crítico de Le Monde, Louis Marcorelles que, cuando se estrenó en París en febrero de 1976, dijo de ella que era la primera obra maestra filmada por una mujer.

Cada vez que Jeanne Dielman se proyecta, gana nuevas fieles seguidoras que descubren esta película llena de verdad, sencillez y reivindicación.

Si está considerada como una obra fundacional del cine feminista (si es que tal cosa es posible), es porque su directora fue capaz de despojarse de cualquier forma de mirada masculina para mirar como mujer. Chantal Akerman decidió mostrar a la mujer como nunca antes se había hecho. Sin fragmentarla, sin sexualizarla, sin convertirla en un objeto de disfrute, sin arrinconarla. Jeanne Dielman se pertenece a sí misma (pese a su rol patriarcal de ama de casa), acapara el relato (siempre está en escena) y no lo hace en función de ningún personaje masculino. Tampoco es un personaje reivindicativo, es una mujer como tantas otras, Chantal no necesita que sea un modelo a seguir, ni una heroína de rompe y rasga. No, Jeanne Dielman no es nada de eso y es ahí donde está su grandeza en la presencia absoluta del relato de la mujer común.

Chantal mira y nos obliga a mirar desde su posición y una vez que nos coloca junto a la cámara, no nos guía la mirada, la escena está ahí para seamos nosotras quienes decidamos qué tiene importancia en la escena.

Laura Mulvey consideraba que esta película aunaba como ninguna otra el cine y el feminismo. No es un panfleto maniqueo sin ninguna aportación artística y por eso consigue que nos remueva al darle el protagonismo absoluto a algo que nunca jamás se había mostrado de esa forma en pantalla; el trabajo doméstico. Hizo visible lo invisible, con sus planos secuencias sin cortes mientras Jeanne prepara la cena, hace la cama o cena con su hijo. El tiempo experimentado y el tiempo cinematográfico adquieren un tinte reivindicativo que la convierte en una pieza imprescindible de la genealogía fílmica en femenino.

Jeanne Dielman con su medio siglo de existencia se encuentra en su mejor momento. La obra no ha envejecido y con el paso de los años las nuevas generaciones que se acercan a ella le dan una pátina de vigencia que la revaloriza. No en vano fue elegida según la encuesta realizada por Sight&Sound como mejor película de la historia en 2022 y ostentará dicho título hasta 2032, año en que se realice de nuevo la encuesta. Es decir, cada vez gana más personas que la defienden como una obra rotunda digna de medirse con cualquier otro relato del canon fílmico y, a la vez, es especialmente particular y personal. Yo le auguro una larga y gloriosa vida, la que se merece.

“Se podría decir que se sintió como si hubiera un antes y un después de Jeanne Dielman, tal como hubo una vez un antes y un después de Ciudadano Kane.”

Laura Mulvey

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