La sustancia (Coralie Fargeat, 2024)

Seguramente a estas alturas, todo lo que se pueda decir de La sustancia ya está dicho. O no. Pero como en realidad no he leído ninguna crítica o reseña y vi la película sin haber querido saber demasiado de su argumento, pues creo que puedo hablar desde mi personal punto de vista y la impresión que me causó su primer visionado. Y voy a intentar hacerlo sin mucho spoiler por si todavía no te has atrevido a verla.

No voy a reiterar el tema de la película. Ya se ha hablado mucho de la feroz crítica a la esclavitud a la que nos vemos sometidas las mujeres para ser siempre bellas, jóvenes y deseables a ojos del patriarcado, una esclavitud de la que muy pocas escapan. En mayor o menor medida, todas estamos sometidas, desde que nos miramos en el espejo y, oh, sorpresa casi nunca nos gustamos. Es cierto, que hay mujeres con mucha más presión que otras. El sector del audiovisual es feroz provoca auténticas adiciones en mujeres que, no pueden aceptar ni permitirse los cambios y procesos naturales de sus cuerpos, porque eso supondría caer en el ostracismo y en la falta de trabajo. Hay mucho trabajo por hacer para desmontar todo ese sistema de terror.

Demi Moore lo sabe bien. Hizo de todo en la década de los noventa por demostrar que era algo más que un cuerpo y una cara bonita. Dio igual, por muchas aberraciones a las que sometiera a su cuerpo, no bastó para pasar años en la sombra. Moore sólo es el ejemplo de otras tantas actrices que murieron profesionalmente en el intento. Algunas consiguen «resucitar» profesionalmente, como la propia actriz protagonista. Otras pueden terminar devoradas como la protagonista de la película. Otras, simplemente desaparecen de la escena en busca de un mundo más amable y menos destructivo.

Pero insisto en que no quiero reiterar lo que todas ya sabemos y sufrimos y de lo que se ha escrito mucho ya, eso se lo dejo a mujeres mucho más versadas que yo.

HABLEMOS DE CINE

Porque de lo que quiero hablar es de la película y cómo ha tratado el tema, en definitiva, quiero hablar de cine propiamente dicho, porque es un filme que apuesta por lo visual, apenas hay diálogos, apuesta además por un género, el terror, y utiliza los recursos fílmicos para evitar dar discursos moralistas y crear una obra audiovisual potente y extraordinaria. Ahí radica su valor.

La película está atravesada por la recreación de la mirada masculina. Decía Laura Mulvey en su celebérrimo ensayo Placer visual y cine narrativo hace 50 años:

«… el cine refleja, revela e incluso interviene activamente, en la interpretación recta, socialmente establecida, de la diferencia sexual que domina las imágenes, las formas de mirar y el espectáculo.»

Mulvey, desde el psicoanálisis, escribió hace 50 años sobre la construcción de placer de la mirada y el cuerpo de la mujer como objeto de deseo y Coralie Fargeat lo utiliza aquí para construir su crítica. Entiendo que ella como mujer nos quiere someter, sobre todo a las espectadoras, a que miremos como hombres. El montaje que utiliza en las coreografías del programa de Elisabeth/Sue está totalmente construido como una mirada patriarcal y masculina. No nos deja libertad a la hora de mirar. Nos obliga a recrearnos en culos, escotes, tetas, bocas entreabiertas… Nos obliga a subvertir nuestra mirada, a pornificarla y por extensión a convertir en objetos los cuerpos hipersexualizados de las protagonistas. Un espectáculo completamente sexualizado en extremo. A ello, no sólo contribuye la mirada de la cámara o el montaje; también todo el diseño, el color, el vestuario, todo está al servicio de la mirada masculina, tan obvia que resulta insoportable. Y la directora no nos da otra alternativa, así es cómo nos miran, así es como el audiovisual sirve a las mujeres en bandeja de plata de escopofílicos empedernidos.

No sólo eso, Elisabeth/Sue nos devuelven la mirada, pues rompen la cuarta pared del cine y nos miran directamente, nos seducen y nos interpelan directamente aprovechando la lógica televisiva. Saben que no podemos dejar de mirarlas, saben que están ahí para nuestro placer. Durante gran parte del metraje, nuestra permanece masculinizada. Y por eso las necesitamos jóvenes, bellas, seductoras.

Y si pudiera parecer que nos podemos librar de esa mirada fuera del plató de televisión, nada más lejos de ello pues ya tenemos esas enormes imágenes, el cuadro gigante que decora el salón de la protagonista y la valla publicitaria enfrente de su ventana, el primero de Elisabeth y el segundo de Sue, mirándonos constantemente durante toda la película. ¿Mirándonos a nosotras? Mirándose a sí mismas, recordándoles lo que son y no son. Recordándoles cómo deben ser. Y en la diégesis de la película mirándose la una a la otra, las imágnes de ambas mujeres enfrentadas, o más bien, la realidad y el deseo de una misma mujer retándose.

Es una película muy material como una buena película de terror rozando la estética del slasher. Juega con los cuerpos y de ahí su visceralidad literal y su explicitud a la hora de mostrar la carnalidad del cuerpo humano.

Todo está exagerado, todo es excesivo. Desde los cuerpos jóvenes y sexuales hasta los cuerpos viejos y decrépitos, pasando por los cuerpos inertes, casi muertos tirados desnudos en suelo blanco de un cuarto de baño que recuerda más a una sala de operaciones. Nada es casual, es en los quirófanos dónde se “obra el milagro” de la eterna juventud, el punto de recogida de la substancia, también tiene el mismo aspecto aséptico y quirúrgico. Todo es simbólico, nada es casual, como el color rojo presente en todo el metraje: rojo sangre, rojo carne, rojo violencia…

Y cuerpos.

Cuerpos despojados, cuerpos nuevos, cuerpos viejos, cuerpos enfermos, cuerpos sanos. Cuerpos que roban la vida, el alma y el pasado. Sue, como la versión mejorada de Elisabeth, es un cuerpo vacío, es un cuerpo hueco, nada de ella parece evocar a Elisabeth, por mucho que nos/les repitan el mantra de que son una. Sue es un estereotipo parasitario de una mujer real, de una mujer sufriente, de una mujer viva y por eso es tan irrealmente perfecta. Sue es una proyección, un deseo, un estereotipo, hasta que se rebela y entonces deja de serlo.

La sustancia juega todo el tiempo con la dualidad, realidad vs. irrealidad, objetos vs. sujetos, cuerpos vivos vs. cuerpos yacentes, belleza vs. fealdad, juventud vs. vejez, la bruja malvada vs. la princesa todas estas dualidades quedan resaltadas por el tratamiento gore y escatológico con el que plantea todo esto la directora al haber elegido el género cinematográfico del terror. El terror a envejecer. El terror a desaparecer. Y el terror de las cirugías, de los cuerpos magullados y abiertos en canal.

Todos y cada uno de los planos y la recreación casi gozosa que hace de los momentos más escabrosos no sirven más que para recordarnos de qué están hechos nuestros cuerpos, para que seamos conscientes de la caducidad, de la vulnerabilidad física, del deterioro, la fugacidad de la juventud… Cuerpos. Cuerpos impolutos. Cuerpos destrozados. Cuerpos deshumanizados. Cuerpos sexuales. Carne. Sangre. Vísceras. Aquí no hay lugar para la espiritualidad, la materialidad humana es la medida de todas las cosas.

Otros elementos que ayudan a la construcción extraordinaria de este relato es la palabra (de los hombres), la comida y los espejos.

Es una película de pocos diálogos y los que más hablan son los hombres. No es baladí. Son ellos los que validan o no a las mujeres (siempre según su aspecto) y en este caso, son los que, en primer lugar, le harán a Elisabeth consciente de que es demasiado mayor para seguir con su programa. Hasta que no lo escucha decir a un hombre, ella por sí sola, no cree que sea mayor, pues, además, ha hecho todo lo posible para seguir encajando en el canon de belleza. Ella pensaba que estaba burlando a la mirada masculina. Pero, no. A partir de ese momento, la relación con su cuerpo cambia.

Durante todo el relato serán los hombres los que hablen sobre sus cuerpos, primero el de Elisabeth y después el de Sue. Son ellos los que deciden, son ellos los que opinan, son ellos los que ordenan sobre sus cuerpos. Piensa que también la voz del servicio telefónico del producto, también es masculina.

Y esa validación la confrontarán con su imagen en el espejo. Cómo se miran estas dos mujeres que son una. Pues con los ojos de ellos. Con los ojos ajenos. Con los ojos que juzgan. Con los ojos que examinan cada centímetro del cuerpo de las mujeres. Con nuestros ojos.

Serán muchas las escenas delante de un espejo, un elemento fundamental tanto para elevar nuestra vanidad como para destruirla. El espejo como arma indirecta de destrucción de vidas de mujeres. Delante de él nos amamos, como la nueva Sue, recién creada; y nos odiamos, como la “vieja” Elisabeth que una vez fue la chica más guapa del instituto, pero que ahora ya no lo es.

Por último, la comida. Las secuencias en las que aparecen comida son muy elocuentes y casi tan desagradables como las escenas de sangre y vísceras humanas (Denis Quaid comiendo gambas merecía una nominación al Oscar por el asco que llega a dar). Todas sabemos la difícil relación con la comida que podemos llegar a tener, tan difícil que puede derivar en enfermedades como la anorexia o la bulimia y terminar conduciendo a la muerte.

La comida, por tanto en el filme, se muestra como algo también excesivo, desagradable, repugnante. Y si bien ellos, como en la escena del restaurante con Denis Quaid, pueden comer compulsiva y asquerosamente todo lo que les pongan en la mesa, ellas apenas ingieren comida excepto cuando llega el atracón compulsivo que no es más que una forma de autocastigo por no conseguir los efectos deseados. Esa relación enfermiza y autodestructiva con la comida que Coralie Fargeat utiliza de una manera tan gráfica y revulsiva. De nuevo una dualidad, la comida real la que nos alimenta frente a la «comida» que nos «mantiene» vivas y, además, no nos engorda. Una es repugnante, la otra aséptica. Esto, también nos suena.

Por último, ya que he reclamado una nominación al Oscar para Denis Quaid, también la reclamo para Margaret Qualley, entiendo que las reglas del mercado podrían dividir los votos y hacer campañas por dos actrices, puede hacer que ninguna gane nada… pero lo merecía una nominación tanto como Demi Moore.

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