Bajo este sugerente nombre artístico, contundente, musical, se encuentra una de las mujeres más versátiles del cine mudo francés. Además de Alice Guy, que fue la primera, y de Germaine Dulac, que fue coetánea, Musidora fue de las pocas mujeres que dirigió cine en Francia en las décadas de 1910 y 1920. Su nombre real era Jeanne Roques, parisina de la cuna a la tumba.

Nació en París el 23 de febrero de 1889 en una familia de ambiente intelectual y artístico. Su padre, Jacques Roques, era compositor y teórico socialista. Su madre, Adèle Porchez, era pintora y una reconocida líder feminista de la época. Así, no es de extrañar que la joven Jeanne enseguida se viera influenciada por ellos y se convirtiera en una amante de la literatura y que enseguida empezara a pintar, escribir… Las inquietudes artísticas no le faltaban. Sin embargo, pronto se decantó por el mundo del espectáculo. Como era habitual primero en la escena teatral y del cabaret para luego pasar al cine.

Tomó su nombre artístico, Musidora, de un personaje de la novela Fortunio de Théophile Gautier y debutó en las tablas en la obra de Aristide Bruant La loupiotte en 1910 y dos años más tarde se incorporó a la revista Ça grise donde también actuaba la escritora Colette y que fue el inicio de una larga amistad que las llevó a colaborar también profesionalmente en varias ocasiones.

Sus comienzos en el cine
Musidora comenzó en el cine en 1909, aunque hay discrepancias sobre sus primeras apariciones cinematográficas. La primera película que se ha constatado es en 1914 en el corto Les Misères de l’Aiguille. En esta película interpretó el papel de una heroína feminista en un drama social. Fue, además, la primera producción de la cooperativa cinematográfica Le Cinéma du Peuple. Interpretaba a una dependienta y costurera, mal pagada, que tenía que lidiar con acosos sexuales. El objetivo del film era explícitamente político ya que trataba de llamar la atención sobre la situación de la mujer doblemente explotada en el trabajo y en casa y su gran inferioridad social respecto al hombre. Querían enfatizar a través del cine las miserias que tenía que sufrir la mujer moderna.
Así que Musidora comenzó haciendo cine político y lo compaginaba con sus trabajos en el teatro y las variedades que era su principal actividad. Poco después, firmó con la productora Gaumont.
A partir de 1913, el cine pasará a ser mucho más importante para ella. Y ello fue porque, uno de los directores más importantes de aquellos años, Louis Feuillade, la vio actuando en un espectáculo del Folies-Bergère. Feuillade había comenzado escribiendo guiones que le había comprado Alice Guy para rodar en Gaumont. En 1906, la propia Guy le animó a que él mismo los dirigiera y cuando ella se fue a EE.UU. en 1907 le sugirió para que ocupara su puesto de directora artística en la compañía.
Feulliade, por tanto, tenía una posición destacada en Gaumont y ya había dirigido la primera de sus famosas series, Fantômas (1913). Musidora y Feulliade comenzaban con Le Calvaire (1914) una colaboración cinematográfica muy fructífera e imprescindible en el cine galo. Aunque ella trabajó con más directores, sin duda, Feuillade fue con el que más veces colaboró.

Y es que en 1916 comenzaron uno de los seriales más famosos del cine: Les Vampires (10 episodios) sobre bandas de criminales y delincuentes de París y en el que ella interpretaba a Irma Vep, un personaje ya mítico.

Su personaje tenía una imagen que no se había visto nunca en cine, muy vanguardista. Enfundada en unas mallas negras, con un maquillaje muy expresivo y exagerado, con una personalidad independiente, requería, además, una actuación muy física y de mucha plasticidad. Por otro lado, no era un personaje ajeno al mundo de la criminalidad, sino que ella misma era integrante de la banda de los vampiros. Su personaje y toda la serie en sí, será referente en el futuro género de cine negro y de gánsteres. Se convirtió, involuntariamente, en musa e inspiración de los artistas surrealistas, François Aragon, en la revista Le Film, la llamaría «la décima musa».

Después del éxito de este serial, siguieron más películas juntos y otro serial, Judex (1917) de 12 episodios. Musidora se había convertido en una estrella en su país.
Pero, como venía siendo habitual en muchas de las actrices de la época, la actuación se le hizo poco por lo que decidió lanzarse a dirigir. Sin embargo, muchos de sus primeros films tardaron en acreditarse, pues su en el afán por que funcionaran bien en taquilla las películas, le daban más importancia a la Musidora actriz y su participación como directora quedaba sin acreditar. Fue ella la que, ya retirada, comenzó a reclamar su crédito como directora.

Su carrera como directora comenzó adaptando obras de su amiga Colette, la primera fue Minne (1916) y que quedó sin acabar. Después vino La vagabunda (1917) que también estaba basada en una novela de Colette y que codirigió con Eugenio Perego.
A pesar de las dificultades económicas, siguió dirigiendo y protagonizando sus propias Sin embargo, ella siguió dirigiendo y protagonizando sus propias películas, Le Maillot noir (1917). La Flamme cachée (codirigida con Roger Lion, 1918) y Vicenta (1919). A la vez, seguía trabajando como actriz con Feuillade y en 1919 fundó su propia productora de cine Société des Films Musidora.
España
A Musidora, su amor por España, le vino antes de pisar nuestro país. Y es que en 1920, dirigió Pour Don Carlos que adaptaba la novela de Pierre Bennoit. La historia se situaba a finales de la segunda Guerra Carlista y Musidora interpretaba a Alegría Detchard, capitana carlista encargada de guiar a las tropas en su retirada hacia Francia.

Durante el rodaje conoció a Antonio Cañero, rejoneador asesor en la película, con el que comenzó una relación amorosa. Sin embargo, se cree que viajó a Madrid con un contrato teatral de tres meses, estancia que se prolongó durante 5 años.

Conoció a la cupletista Raquel Meller que, a su vez la introdujo en el círculo de Julio Romero de Torres que terminó pintando a nuestra protagonista. Musidora estaba totalmente entregada a la cultura andaluza, sus amistades, su romance con el torero, sus años en España superaron cualquier tópico artístico, literario asociado a nuestro país.

Toda esa influencia y ese embrujo le llevó a dirigir tres películas: Sol y sombra (1922), Une aventure de Musidora en Espagne (1922) y La tierra de los toros (1924). Todas con las tradiciones taurinas y la imaginería andaluza de fondo. Y en todas contó con la colaboración de su amante Antonio Cañero con quien co-escribía y co-protagonizaba.

De vuelta a Francia
Musidora volvió a Francia en 1926. Al siguiente año abandonó la producción cinematográfica y se dedicó al teatro a tiempo completo. En 1927 se casó con un médico, Clément Marot y poco a poco fue abandonando el teatro para dedicarse sobre todo a escribir novelas, poemas, canciones, textos sobre cine. Publicó dos novelas, Arabella et Arlequin (1928) y Paroxysmes (1934), y un libro de poemas, Auréoles (1940).

En 1942, comenzó a trabajar en la Cinématheque Française con Henri Langlois, uno de los fundadores en 1936 junto a Georges Franju. Allí fue responsable de la biblioteca y también fue la Jefa de Prensa. Durante sus años en esta institución, Musidora dedicó gran parte de su trabajo a recopilar historias y material de sus colegas durante la etapa del cine mudo. Su labor fue fundamental para ayudar a preservar y divulgar el trabajo de aquellos años en el cine francés y se convirtió en una de las impulsoras de la Comisión de Investigación Histórica.

Musidora volvió a dirigir una última película en 1950, La magique image que fue un homenaje a su mentor y amigo Louis Feuillade. Murió en 1957 en París tras una vida dedicada al cine y al teatro. Para Jeanne Roques el cine total consistía en hacerlo todo: crear un papel, interpretarlo, filmarlo, producirlo, conocer los aspectos técnicos… Entendió que la imagen lo era todo “Es vital ser fotogénica de la cabeza a los pies. Si tienes eso, después, se te permite mostrar algo de talento.” Ella convirtió su personaje de Irma Vep en un icono, pero no se conformó con eso y demostró que tenía no solo la fotogenia, sino el talento suficiente para ser una cineasta completa.


