María Luisa Bemberg es, posiblemente, la directora de cine argentina más importante de la historia. Lucrecia Martel aseguró que su obra fue la que le dio el empujón para dedicarse a la dirección al tomarla como referente de cineasta en su propio país. Bemberg, sin embargo, comenzó a hacer cine muy tarde, después de una vida llena de comienzos, de probar y experimentar hasta llegar a lo que realmente la llenase como mujer intelectual.
PRIMEROS AÑOS
María Luisa Bemberg nació el 14 de abril de 1922. Pertenecía a una de las familias con más influencia de Argentina. Su abuelo era Otto Bemberg, acaudalado alemán que se mudó a Argentina y se casó con María Luisa Ocampo Regueira que pertenecía a una de las familias más ricas del país. Fundó en la provincia de Buenos Aires la destilería Franco Argentina que en 1988 se convertiría en la Cervecería Quilmes. Así que María Luisa creció en un ambiente de clase alta, educada en casa por institutrices sin conseguir nunca un título académico oficial y con todos los rigores disciplinares propios de su clase.

En 1945 se casó con el arquitecto, Carlos Miguens, y la pareja se mudó a España donde nacieron sus cuatro hijos, antes de regresar de nuevo a Argentina. Tras 10 años de matrimonio se divorciaron.
La carrera profesional de María Luisa Bemberg comenzó en el teatro. Cuando volvieron a Argentina, Bemberg se involucró en el que sería el Teatro Astral y en 1959 comenzó a gestionar el Teatro del Globo de Buenos Aires con su socia Catalina Wolff. Wolff la introdujo en el feminismo militante, un movimiento que había sido muy reprimido en la década de los 50 por el gobierno de Perón. María Luisa se involucrará a partir de ese momento en el feminismo a través de su trabajo en el teatro y en el cine.

SU VIDA COMO CINEASTA
Su carrera en el cine comenzó como guionista en 1970 con el guion de Crónica de una señora que dirigió Raúl de la Torre. El guion con tintes autobiográficos tenía como protagonista a una mujer de clase alta. Al año siguiente Wolff y Bemberg fundan la UFA (Unión Feminista Argentina). Las reuniones y actos que organizaron fueron muy importantes para las jóvenes argentinas que tenían que vivir en una sociedad donde el divorcio era difícil, el aborto ilegal y no había lugares exclusivos de mujeres. Sin embargo, dos años después, se tuvieron que disolver debido a los constantes toques de queda que imponía el gobierno.
En 1972, se estrenó como directora con el corto documental El mundo de la mujer. Era una crítica feroz y mordaz, llena de ironía hacia Femimundo, la feria que se celebró en Buenos Aires dedicada a la mujer y su mundo. Y, ¿cuál era ese mundo? Pues el que decían los hombres, se podía reducir a cuidados (de los demás) y belleza. Punto.
En 1975 escribió un nuevo guion para un largometraje, Triángulo de cuatro, dirigido por Fernando Ayala. Sin embargo, se dio cuenta de que su visión de los guiones que escribía, que tenían elementos autobiográficos, no coincidía con la visión que luego plasmaban los directores. Así que decidió que el tercer guion que escribiera lo dirigiría ella misma.
Pero antes de eso, en 1978, iba a hacer un nuevo corto documental, Juguetes. Esta vez la denuncia va al origen de la opresión de la mujer, al cómo se llega al delirio de Femimundo (la feria que retrataba en su primer corto), es decir, a los juguetes: El sexismo en los juguetes que marcan y determinan el futuro de las niños y los niños según su sexo. Esta vez da voz a la infancia, serán los niños y las niñas de época las que hablen sobre sus preferencias. Al final del corto, será su propia nieta la que simbolice el futuro de las nuevas mujeres.
DIRECTORA DE LARGOMETRAJES
Bemberg se había dado cuenta, tras su experiencia como guionista, que quien tenía el poder final a la hora de contar una historia en cine era el director, por otro lado, consideraba que el cine argentino y en Latinoamérica, en general, retrataba muy pobremente a la mujer, entendía que había una necesidad de que hubiera personajes femeninos más complejos e interesantes. Así que con 59 años, sin tener formación propia en cine, se unió a la que sería su compañera de aventura cinematográfica, la productora Lita Stantic, y fundaron la productora GEA para hacer su primera película, Momentos, que ellas mismas se autofinanciaron.

El tema principal de la película es la infidelidad, pero la infidelidad femenina, contada desde la propia perspectiva de la mujer. A esta película le siguió Señora de nadie (1982) que fue censurada por el régimen militar. En esta ocasión, de nuevo una mujer de clase alta, decide divorciarse y abandonar el hogar familiar para comenzar una vida independiente.
En esos años, además, estuvo un tiempo en Nueva York estudiando en el Actor’s Studio con Lee Strasberg para aprender mejor a dirigir a las actrices y actores.
En 1984 hace su primera incursión en el cine de época con Camila. La película estaba basada en hechos reales y cuenta la relación entre Camila O’Gorman (Susú Pecoraro) y el sacerdote Ladislao Gutiérrez (Imanol Arias), durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires, en la primera mitad del siglo XIX. Camila, consiguió estar nominada al al Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa.

Durante la década de los 80 su cine consolidando su carrera con filmes como Miss Mary (1986), para el que contó con la actriz británica Julie Christie como protagonista y su película más famosa, Yo, la peor de todas (1986) con Assumpta Serna encarnando a la religiosa escritora intelectual Sor Juana Inés de la Cruz. Filmes de época en los que lo importante para Bemberg no era la meticulosidad ni el rigor histórico, sino el ambiente y la humanidad de los personajes para que conectaran con el público contemporáneo.
“Uno no elige los temas. Los temas lo eligen a uno. Por lo menos, así me ocurre a mí. Elegí a Camila y a Sor Juana por transgresoras. La idea era mostrar dos mujeres que de alguna manera se atrevieron a salirse del molde. Las mujeres se han quedado encerradas en sus casas durante mucho tiempo, mansas y calladas (…). Desde muy niñas a las mujeres les enseñan a agradar y no a convencer”, argumentó.
Su última película fue De eso no se habla (1993) basada en un relato del escritor argentino Julio Llinás y que protagonizó Marcello Mastronianni. Es su obra más extraña dentro de su filmografía pues se aleja del tono autobiográfico y personal en el que priman los retratos de mujeres burguesas y de clase alta. Y aún así, su oficio queda patente al filmar una obra rotunda que es capaz de recoger el tono surrealista y un tanto esperpéntico de su autor.

Foto: Victor Sokolowicz
Bemberg tenía un último guion en el que estaba trabajando cuando falleció el 5 de mayo de 1995 a los 73 años a causa de un cáncer. Iba a ser una adaptación de un texto de Silvina Ocampo, El impostor. Su aprendiz, estrecho colaborador y amigo Alejandro Maci, lo dirigió póstumamente en 1997.
Bemberg había empezado tarde a hacer cine y, sin embargo, no perdió el tiempo. Fue una mujer que, con casi sesenta años se lanzó a una expresión artística que requiere una enorme energía y, que de no haber sido por la enfermedad, nos hubiera dado alguna película más, pues parecía dispuesta a no abandonar su profesión. Junto a su inseparable productora, Lita Stantic, consiguió una interesante obra que fue referente para futuras cineastas, en un país en el que no es fácil hacer cine. Bemberg fue, además, una gran coleccionista de arte y tras su muerte donó su colección al Museo Nacional de Bellas Artes.

EL CINE DE BEMBERG: AMARGO RETRATO DE LA MUJER BURGUESA
Buceando en el cine de María Luisa Bemberg encontramos como común denominador a la mujer como protagonista, en especial a la mujer burguesa. Una mujer cultivada, educada, en ocasiones profesional pero siempre atrapada e insatisfecha en el encorsetamiento propio del conservadurismo de las clases altas.

Sus mujeres siempre buscan ir más allá, siempre buscan subvertir e intentar, o por lo menos inventarse, la libertad. Prácticamente todas sus películas tienen momentos autobiográficos, desde su infancia como niña de una familia acaudalada (que tan excelentemente reflejó en Miss Mary), hasta el hastío como esposa sumisa sin más horizonte que el matrimonio, como en Señora de nadie.
Bemberg dio voz a esa insatisfacción, a la infidelidad, al divorcio, a la inquietud intelectual de las mujeres. Sus dos primeros trabajos como directora fueron dos cortos documentales que bebían directamente del feminismo imperante en los años 70 a nivel mundial (aunque en cada país se vivía con mayor o menor intensidad). Esa influencia que obtuvo a raíz de militar en cierto modo en el movimiento feminista argentino y que le llevaron a tomar la cámara para hacer un cine militante. Sus dos mordaces críticas a la opresión de la mujer, desde que nace, El mundo de la mujer y Juguetes, son imprescindibles en el cine de la época. La condición de nacer hembra humana es que tu sexo te condicionará con mil y un mandato de género, promovidos por el sistema patriarcal, y que te indicarán qué es ser mujer y cómo tienes que ser mujer.

Su cine posterior no será tan beligerante ni tan explícito en su denuncia, pero no dejará nunca de abogar por liberar a las mujeres de la condición impuesta, de criticar a la gente de su clase social y denunciar (figuradamente) a la iglesia. Películas como Señora de nadie o Yo, la peor de todas, son obras de un gran compromiso feminista. Desde luego, tiñó su obra de un feminismo consciente. Y no solo a nivel de toma de conciencia de la opresión, sino que también escribió personajes femeninos complejos y visibilizó el deseo femenino desde la mirada de la mujer. Así lo demuestran obras como Momentos, donde narra la infidelidad de una mujer profesional con un hombre más joven, o Miss Mary, donde, de nuevo, es el deseo de la mujer lo que termina moviendo la historia.

Su propia vida fue un ejemplo de salirse de los mandatos de clase y sexo, de salir de la jaula de oro, de un matrimonio convencional con cuatro hijos, de tener la vida que se suponía marcada para ella, de romper con todo, de militar en el feminismo y de hacer cine a una edad ya madura. Intentando encajar, ella quería ser admitida en el circuito como “director de cine”, no quería que la consideraran una “rara avis”, pero lo era, pues era la única mujer y, sus películas, con ese protagonismo absoluto de las mujeres, también eran «raras».
