La propia directora, Andrea Arnold, reconoce que le cuesta volver a ver su adaptación de Cumbres Borrascosas, porque la dirigió en un momento difícil y oscuro a nivel personal. Claramente, no es una película de fácil digestión, es oscura áspera, pero bella al mismo tiempo. Aunque creo que la novela de Emily Brontë es menos digerible incluso.
Y es que la escritora no escatimó en violencia, abuso, tiranía, desprecio, instintos animales… Sus personajes son tremendamente complejos y a la vez insoportablemente violentos, algo que olvidamos, hasta que volvemos a leerlo y nos damos cuenta de que el cine, con sus diferentes adaptaciones, tenga la culpa de que hayamos romantizado tanto una historia abusiva y desproporcionada con una pasión violenta y desbordada que afecta a todo aquel que se interpone entre los dos protagonistas, Heathcliff y Catherine.

Ni siquiera Arnold es capaz de filmar tanta violencia y sus protagonistas siguen siendo tolerables dentro de lo políticamente correcto. Sin embargo, esta adaptación tiene grandes aciertos, su puesta en escena y un guion sin apenas diálogos, consiguen transmitir, en cierto modo las almas salvajes de los personajes, así como su aislamiento y su asociabilidad. La directora y su co-guionista, Olivia Hetreed, confiesan que depuraron el guion hasta dejarla en la mínima historia.

La pulsión entre la naturaleza y el ser humano, el exterior de libertad amenazante con vientos huracanados y cielos a punto de caer, la ausencia de música durante toda la película ayudan a la depuración más absoluta de ornamentos superficiales para soterrar la violencia y la crueldad en el barro de los brezales, en el frío, en la niebla, en el paisaje árido de los páramos. Arnold reconoce la influencia de cineastas como Andrei Tarkovsky y Terrence Malick a la hora de rodar esta película.

Solo hay un momento de esperanza, justo a la mitad de la película, cuando regresa un Heathciff ya crecido y se atisba una fugaz primavera en el invierno permanente de la historia. El sol ilumina tímidamente, y hay flores que salpican de color los planos casi monocromáticos. Si bien, dura poco… el estado de ánimo invernal vuelve a apoderarse rápidamente con las tonalidades frías que proyectan las almas de los personajes.

En cuanto a su estructura, sigue el mismo patrón que el resto de las adaptaciones, en las que la infancia viene ocupando la mitad del metraje, para dejar la segunda parte al regreso de Heathcliff y terminar con la muerte de Catherine, que en el libro sucede casi hacia la mitad del libro. De hecho, Emily Brontë, apenas dedica a los niños un cuarto de su novela, centrándose, sobre todo en el Heathcliff ya adulto.

Arnold tampoco utiliza narradora, como sucede en el libro y nos deja caer directamente en las Cumbres Borrascosas sin ningún tipo de concesión a la historia que transcurre en el presente de los protagonistas, algo también utilizado en otras adaptaciones, recurso que sí que utilizó el director William Wyler, en su versión de 1937, algo muy habitual en el cine literario de aquellos años.
Y puesto que dedica la mitad de la película a la infancia, podemos hablar de que hay cuatro intérpretes protagonistas y, en mi opinión, los dos niños están mucho más cercanos a los personajes literarios que los adultos (James Howson y Kaya Scodelario). Shannon Beer está fantástica como la Catherine niña, su mirada, su interpretación, le dan al personaje ese misterio de no saber muy bien si es una heroína de novela o un espíritu perverso, tan pronto la odias como la amas. Su ambigüedad es absolutamente portentosa. Por su parte, Solomon Glave como Heathcliff también destila esa ambigüedad, en su caso, entre el desamparo y el ostracismo voluntario… resulta fascinante cómo materializa su dependencia de Catherine y cómo su sonora respiración es capaz de sustituir las palabras para acercarse más al monstruo en el que se convertirá de adulto, en el libro, pues en el filme, al directora no se atreve a tanto. La violencia vicaria y la infelicidad que causan a su alrededor, apenas se muestra en esta adaptación.

En cuanto a la elección de actores negros para el papel de Heathcliff, Andrea Arnold se inspiró en el actor Lawrence Olivier, pero no en su Heathcliff (Cumbres Borrascosas, William Wyler, 1937), si no en su Otelo (Otelo de Stuart Burge, 1965) en el que aparecía pintado de negro de pies a cabeza. En la novela se le describe como dark skinned gypsy, gitano de piel oscura, y de hecho la palabra gitano se repite varias veces a lo largo del libro, y el color oscuro de su piel, siempre en frases despectivas y que denotan desprecio hacia su etnia. Por lo tanto, los protagonistas de Arnold son más creíbles y visualizan mejor el racismo, que los otros castings de otras adaptaciones en las que actores blancos se tiñen el pelo de oscuro (como el propio Olivier o Ralph Fiennes en la versión de 1995) o directamente sean actores incluso rubios. La historia en la adaptación que estamos tratando, toma un cariz más cercano al de la novela, pues ya no solo hay una diferencia de clase, sino también de etnia.

En definitiva, como película es un bello ejercicio depurado de dos almas atormentadas que no encuentran el momento justo de la felicidad, pero creo que se queda lejos a la hora de plasmar la violencia, la crueldad y la tiranía de la novela de Brontë, así como el tono sobrenatural del texto. Por tanto seguiremos esperando la adaptación que el libro se merece.
