Yo, la peor de todas (María Luisa Bemberg, 1990)

La penúltima película de la directora argentina María Luisa Bemberg, está inspirada en el ensayo Sor Juana o las trampas de la fe, de Octavio Paz (1982). El filme narra los últimos años de la vida de la escritora y poeta Juana Inés de la Cruz, a la que se llegó a reconocer México como la Décima Musa.

Sor Juana Inés de la Cruz (Juan de Miranda)

Probablemente sea la película de María Luisa Bemberg que más me gusta y mejor construida. Tal vez porque ya es una obra de madurez (de madurez de su obra, pues ella comenzó a hacer cine con casi 60 años). Una de las constantes de toda su filmografía es el protagonismo de la mujer. La exploró en el siglo XIX (Camila, 1984), a comienzos del siglo XX (Miss Mary, 1986), en su presente década de los 80 (Momentos, 1981 y Señora de nadie, 1982) y en esta ocasión, se centra en una figura histórica, la poeta y escritora Sor Juan Inés de la Cruz que está considerada como una de las grandes de las letras hispanas. Y, curiosamente, al acercarse a la vida de esta mujer la más alejada en el tiempo es cuando Bemberg aprovecha para hacer una apología feminista y pone en el foco la educación para las mujeres, la sororidad entre ellas, el reclamo del espacio público y salda la deuda para con el espacio privado, único entorno seguro para las mujeres.

UNA PELÍCULA FEMINISTA

María Luisa Bemberg pone en boca de Sor Juan Inés (interpretada maravillosamente por Assumpta Serna) sus propias convicciones feministas sobre todo en lo que se refiere a las niñas, entroncando con su primer trabajo cinematográfico, el corto documental Juguetes (1978) Y es que la protagonista del filme tiene muy claro cuál debería de ser el lugar de la mujer en el mundo y así se lo expresa a sus alumnas. Tal vez la poeta no se atreviera a tanto, es natural, pero sí era lúcida en sus planteamientos en cuanto a la relación de poder entre los sexos y la enorme desigualdad estructural que se cernía sobre las mujeres. Sus versos no dejan lugar a dudas de lo avanzado de su pensamiento (mucho antes de que llegase el racionalismo de la Ilustración). De esta forma, la directora, nos presenta a la escritora, como paradigma de esa insigne estirpe de mujeres que tomaban los hábitos para poder ser libres intelectualmente y evitar los matrimonios forzosos y de conveniencia.

En palabras de María Bemberg:

“Me conmovieron su pasión por el conocimiento, su vigor y su soledad. Juana fue una mujer que estuvo sola, con una madre analfabeta y rodeada en el convento de monjas incultas (…) Ella era una mujer vigorosa, que se atrevió a opina sobre teología y provocó la furia del arzobispo, un misógino.” “A Juana la destruyeron por ser una mujer pensante. Juana no pidió permiso y no admitió fronteras, hasta que las presiones fueron tales que se derrumbró.”

06/09/1990, Diario El Cronista, María Luisa Bemberg, Sor Juana Inés de la Cruz y las mujeres pensantes

AMISTAD ENTRE MUJERES

Hay dos figuras claves en el filme, Sor Juana Inés y María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, condesa de Paredes, esposa de Virrey español en México. Dos mujeres que, como hace notar la propia Virreina no tienen vidas tan diferentes, pues cada una tiene su propia celda, su propio encierro del que no pueden salir, celdas que no eligieron libremente: una porque por clase la casaron como correspondía y otra porque si quería estudiar y ser sabia, tenía que tomar los hábitos (no había otra forma para las mujeres de la época). Una Sor Juana Inés niña nos dice y se dice a ella misma adulta: “como no me pude vestir de hombre, me vestí de monja”…, para poder hacer lo único que ella lo único que quería: estudiar.

Dominique Sanda (la Virreina María Luisa) y Assumpta Serna

Así que, aquí la relación entre las dos mujeres es fundamental. Una relación de musa y poeta, pero también de respeto, de amistad y de amor entre mujeres que enlaza con una reciente película en el que las protagonistas también son musa y artista, y sí, estoy hablando de Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019). No sé si Sciamma vio en algún momento la película de Bemberg, pero lo que está claro es que están de alguna manera unidas por esa extraordinaria relación entre mujeres atrapadas en un mundo interior y restrictivo. Las escenas entre ambas son íntimas, cercanas, cálidas y filmadas con una enorme complicidad, entre las protagonistas y la directora.

Juana Inés tenía a la jerarquía eclesiástica en contra, que la veía como un peligro desestabilizador, pero también había personas que la apoyaban más o menos explícitamente. María Luisa, fue fundamental para que se haya conservado su obra, pues se llevó a España los manuscritos de la poeta para poder publicarla. Quién sabe si ahora podríamos conocer su obra si no hubiera sido por la Virreina.

UNA HISTORIA INTRAMUROS

Toda la película está filmada entre muros, en interiores sin ninguna concesión al espacio abierto como metáfora de la libertad, porque la única libertad para las mujeres, cuando la conseguían, era interior, nunca física. Porque el espacio público no las correspondía, porque las paredes las constreñían a un pequeño lugar en el mundo. Con una paleta de color muy restringida, exceptuando las pinceladas coloristas de los ropajes barrocos, apenas hay concesiones más allá de los ocres, el blanco y el negro, propios del convento.

La sobriedad y parquedad de los claroscuros de la iluminación no tienen respuesta a espacios abiertos en los que respirar, tan solo desde la terraza de la Virreina se atisba un océano que se expande y anuncia un viaje que será fatal en vida para Juana Inés, pero que supondrá la inmortalidad de su obra.

Y sin embargo, no hay sensación de opresión pues el encierro es físico pero no vital, la espiritualidad, la curiosidad y la independencia de pensamiento, siempre impiden la clausura de la mente y el espacio privado, se convierte por fuerza y necesidad en espacio de libertad al igual que la imaginación y el pensamiento, los únicos lugares donde a las mujeres se les permitía ser libres de verdad.

Assumpta Serna, María Luisa Bemberg y Dominique Sanda

Deja un comentario