En octubre del año pasado se cumplieron 175 años de la publicación de uno de los clásicos de la literatura, Jane Eyre de Charlotte Brontë: La historia de la institutriz pobre y poco agraciada que recae en una gran mansión para cuidar de la protegida de un rico terrateniente con muchos puntos oscuros en su pasado. La historia, escrita en primera persona, se publicó como una autobiografía y la autora la firmó con su pseudónimo Currer Bell. Jane Eyre es uno de los grandes personajes femeninos del siglo XIX. Un personaje escrito por una escritora a mediados de un siglo que no fue nada amable con las mujeres y en el que se vivió el germen del feminismo y de la lucha por los derechos de la mujer.
Aunque Charlotte Brontë vivía casi aislada en la rectoría del padre con sus hermanas y hermano, algo de la rebeldía que se iba fraguando en diversos conatos feministas en el mundo occidental se deja entrever en la novela de la escritora, al igual que en los trabajos de sus hermanas Anne y Emily. Charlotte Brontë perfila un personaje casi contestatario en un país donde todavía los maridos podían vender a sus esposas. Un personaje que reivindica su dignidad como ser humano, su independencia, su autonomía y su humanidad. Es un personaje que siente un enorme respeto por ella misma y aspira a que el resto del mundo la trate de igual forma. Es realmente un personaje muy moderno que en su planteamiento ha llegado a mujeres de diferentes generaciones y que hoy, 175 años después, sigue encandilando, se sigue reivindicando y se sigue adaptando al cine y la televisión.
Jane Eyre al cine
Según Wikipedia se han realizado 8 producciones de cine mudo, 16 largometrajes cinematográficos, 13 producciones radiofónicas (la última en 2016 producida por la BBC), 15 adaptaciones para televisión, siendo la primera de 1949 con Charlton Heston como Rochester, y 18 producciones teatrales incluyendo ballets y óperas. La primera versión cinematográfica se realizó en 1918 dirigida por Edward José, director belga afincado en EE.UU. Y es que, en aquellos primeros años del cine se hizo muy común las adaptaciones de las grandes novelas del siglo XIX para intentar darle al cinematógrafo una pátina de dignidad artística, Jane Eyre, era una propuesta perfecta por su narrativa y su facilidad para traducir en imágenes la historia de la institutriz. La siguiente versión, también muda, es de 1921 dirigida, en esta ocasión por Hugo Ballin.

La primera adaptación cinematográfica sonora fue la de 1934, dirigida por Christy Cabanne y protagonizada por Virginia Bruce y Colin Clive. Sin embargo, la más popular de la época fue la protagonizada por Joan Fontaine, como Jane Eyre, y Orson Welles, como Edward Rochester, que en español tiene el título de Alma rebelde. Fue dirigida por Robert Stevenson en 1943 y es la más recordada de la época pues, hasta los años 70 no se hará una nueva adaptación.
Producida por un gran estudio, 20th Century Fox, el guion corrió a cargo de cuatro guionistas, entre ellos, el propio director y el escritor Aldoux Huxley y los papeles protagonistas corrieron a cargo de dos grandes estrellas. En esta adaptación se pone sobre todo el acento en las características de novela gótica que tiene el libro. Su estética de bruscos contrastes, el uso del claro-oscuro expresionista, los planos contrapicados y sombras alargadas, las caras distorsionadas, crean un ambiente inquietante y mucho más misterioso de lo que en realidad pretendía la escritora.

Es una gran película gótica que no creo que termine de captar la complejidad del personaje de Jane Eyre. Porque, a pesar de la juventud de nuestra protagonista (18 años), no es apocada ni tímida y a Joan Fontaine le falta la garra de la Eyre literaria. Y, sin embargo, sin ser la mejor adaptación, funciona perfectamente, Orson Welles es un gran Mr. Rochester, pues es de los menos atractivos que le han interpretado (algo fundamental en el libro) y entiende perfectamente el personaje. Las escenas del colegio Longwood (donde internan a Jane de niña), donde Jane es internada de niña son las más duras de todas las versiones que he visto, pero también las más bellas y potentes visualmente. Sin duda es una película sólida robusta y excepcional.

Jane Eyre en televisión
En 1970 nos encontramos con una nueva adaptación, en esta ocasión para la televisión, dirigida por el director Delbert Mann y protagonizada por Susannah York como Jane Eyre y George C. Scott como Mr. Rochester. De las que aparecen en este artículo es la más floja, sin duda, en cuanto a ambientación, belleza, captación del espíritu de la obra. Es la más impersonal y Susannah York resulta demasiado guapa y demasiado mayor para interpretar a la joven Jane Eyre. Su composición del personaje no tiene la frescura ni el equilibrio entre la inocencia y la fuerza d el personaje literario y que, conseguirán en mayor o menor medida sus sucesoras. Al no tener el aire gótico de la anterior versión y la carencia absoluta de la pasión amorosa y la pulsión sexual implícitas en el texto de la escritora, el filme adolece de conexión con la obra literaria y se queda en una mera trasposición del texto a unas imágenes planas y sin personalidad.

Las adaptaciones en la década de los 90
Y esa falta de pulsión y de fuerza es lo que le falta también a la versión realizada en 1996 por Franco Zeffirelli. El director (siempre demasiado teatral) desaprovecha el juego de la iluminación y la fotografía de contrastes, tan excepcional en la película de Stevenson, para devolvernos una película demasiado plana y ramplona en lo visual. Todo el tenebrismo se diluye para filmar una película casi costumbrista.
El casting es azaroso y nos encontramos con un Mr. Rochester (William Hurt) demasiado atractivo y perdido para los parámetros del libro, aunque por primera vez tenemos a una Jane Eyre que, sin ser mucho más joven que sus antecesoras (Charlotte Gainsbourg tenía 25 años), le da un tono más juvenil. Sin embargo, falla la química entre los actores protagonistas y el esteticismo de la producción no ayuda a la representación de tempestuoso mundo interior de la protagonista.

A pesar de estar ya en 1996 todavía ningún cineasta se había atrevido a profundizar realmente en la complejidad del personaje que retrata Charlotte Brontë, siempre es reflejada como un estereotipo literario que no se quiere mancillar. Sin embargo, la novela es muy rica en pensamientos interiores, en contradicciones, en dudas, en pasiones. La Jane Eyre literaria es un personaje tan vivo, llegamos a conocerla tan bien, que resulta absolutamente humano y realista. Muy pocas adaptaciones han logrado eso.
Un año después de la versión de Zeffirelli para Hollywood, la BBC contraataca con una nueva adaptación realizada por Robert Young y protagonizada por Samantha Morton y Ciarán Hinds. De nuevo estamos ante una versión correcta pero donde se nota la aportación femenina al guion de Kay Mellor. Por fin la complejidad de la protagonista se comienza a tener más en cuenta y el hecho de que la actriz tenga apenas 20 años, no sea especialmente bella, ni alta es fundamental para trazar un retrato que nos devuelve una imagen mucho más acertada de Jane Eyre. Morton, además, capta a la perfección la fuerza y la madurez, pero también la juventud y la rebeldía del personaje que interpreta, por primera vez, vemos a una actriz más relajada y natural.

Su compañero de reparto, Ciarán Hinds, también es un Rochester bastante acertado, pues no es atractivo, es rudo y tosco aunque a veces resulte un poco sobreactuado. La novela de Brontë, es una novela de personajes, de personajes poco agraciados, hasta feos, si nos ponemos, y ese aspecto físico sustenta la trama y las motivaciones, sobre todo de Jane Eyre. Como es habitual en las adaptaciones literarias de la BBC, todo está esmeradamente cuidado. Aquí recuperamos los escenarios más lúgubres y hostiles y, por primera vez, se hace alusión al epílogo en el que se narra la felicidad de Jane Eyre tras su reencuentro con Rochester.

Jane Eyre en el siglo XXI
Las dos últimas versiones creo que son las más interesantes. Ambas se atreven con unos personajes mucho más emocionales, más humanos, más apasionados. La primera se la debemos al cineasta Cary Fukunaga que nos regala un precioso ejercicio narrativo al desacerse de la estructura lineal de la historia y comenzar la película casi por el final de la novela, algo que también hizo Greta Gerwig en Mujercitas con un excelente resultado. Tratándose de obras muy conocidas, en la que, salvo para las nuevas generaciones, pareciera que no tienen nada nuevo que aportar, pero al cambiar el montaje, el orden de la historia, ganan en emotividad y enganchan a un público que está acostumbrado a otro tipo de narrativa más rápida y rítmica. Por primera vez, tenemos al guion a una mujer, Moira Buffini.

Fukunaga consigue una estética absolutamente magnífica gracias a la fotografía de Adriano Goldman y un diseño de producción sobrio que se adapta perfectamente a los personajes. Mia Wasikowska y Michael Fassbender por fin consiguen impregnar de química a los personajes (aunque, de nuevo tenemos a un Rochester demasiado atractivo para el papel) y la sexualidad latente de Jane Eyre por fin sale a la luz. Aún así queda patente el exceso de responsabilidad a la hora de interpretar a estos personajes universales por lo que tal vez cuando acaba la película, el poso de solemnidad es más grande que el de haber disfrutado con las dos almas atormentadas de nuestros protagonistas. Algo de lo que la versión siguiente de deshará por completo, confiriendo modernidad y frescura a todo el conjunto. El protagonismo de la vida de Jane Eyre en Moor House y su relación con St. John Rivers (Jamie Bell) y sus hermanas adquiere una mayor importancia en esta adaptación, algo muy de agradecer pues es fundamental en la novela.

La última versión de la que voy a hablar es la mini serie que dirigió Susanna White y escribió Sandy Welch para el BBC en 2007. Su duración es de 4 horas lo que permite a su directora y guionista ofrecer escenas e información que siempre quedaban fuera en las adaptaciones cinematográficas. Sin embargo, este no es el gran valor de la obra. Su valor reside en la modernización del personaje de Jane Eyre, en atreverse a dar un paso más y reflejar a una adolescente en plenitud. Una adolescente apasionada, aunque insegura con su cuerpo, pero muy madura y responsable pues su vida no le ha dejado hueco para la frivolidad. Aquí hemos ganado con la mirada femenina de la directora que es capaz de convertir en un personaje literario del siglo XIX en una mujer de carne y hueso para las audiencias del siglo XXI.

Encontramos la esencia de una Jane Eyre que busca, no solo el amor, sino independencia, respecto y una familia algo que aquí cobra una vital importancia. La joven que ha vivido sola, que cae sobre ella el peso de haber sido abandonada, despreciada, maltratada quiere tener ante todo una familia y quiere ofrecer ella misma una familia a los demás.
Por otro lado está la pulsión sexual de la adolescencia. Pareciera que las muchachas victorianas no sintieran ningún deseo sexual, ningún interés por su cuerpo. En esta adaptación, Jane Eyre se mira constantemente en los espejos, se examina. Se recrea en la imagen que estos le devuelven que, cuestiona, indaga e intenta aceptar aunque no le guste. Se nota la intención de intentar llevar a imágenes todo el diálogo interior que mantiene Jane Eyre consigo misma a lo largo de la novela. Porque ella se habla a sí misma constantemente, en ocasiones de una forma cruel y dura. Todo el metraje (al igual que las páginas del libro) es una constante búsqueda de sí misma y de su relación y posición con el entorno. Se convierte en un sujeto deseante, anhelante de vida.

Ruth Wilson entiende perfectamente la juventud, las ganas de vivir que la llevan a enamorarse, a reir y también a sufrir y a crecer. La composición que hace la actriz del personaje es deslumbrante, la hace suya, la trae a su terreno y la humaniza. No es sufriente como la de Mia Wasikowska ni hierática como la de Susannah York. Su Jane Eyre está viva. Toby Stephens, le da una perfecta réplica como Rochester y entre ambos se establece una complicidad que va más allá de los personajes. De nuevo, no resulta poco agraciado, comoel Rochester literario, pero sí le da el punto tosco y oscuro que necesita el personaje. La química entre ambos es perfecta.

El epílogo final, con una Jane sonriente, rodeada de todas las personas que se ha ido encontrando en su vida, a las que ha acogido y que la han acogido, esa Jane Eyre feliz, exultante, esa pequeña figura que, paradójicamente sobresale y que ha sido capaz de llevar felicidad allí por donde ha ido es un colofón de una insuperable ternura.
