La princesa Mononoke, Hayao Miyazaki (1997)

Por Carolina León

A 25 años del estreno de La princesa Mononoke, continúa siendo tan relevante e inclusive “dolorosamente” actual en la pregunta que nos plantea de «hasta dónde debemos perseguir el progreso y el precio ecológico que pagar por él las mujeres pobres». A veces pienso que ya nada se puede añadir a los ríos de tinta que se han utilizado para escribir interpretaciones y alabanzas a esta película durante esas dos décadas y media. Sin embargo, me aventuro a escribir una interpretación/exaltación desde un criterio personal. Dicho esto, y con las disculpas del caso, empiezo.

La historia inicia cuando Ashitaka, el último príncipe emishi, es herido durante una lucha con un jabalí llamado Nago convertido en una especie de demonio. Para romper la maldición que cae sobre él, debe iniciar un viaje al origen del mal, la tierra de los Samurais, que históricamente se convertirá en el imperio -pero de momento no lo es-; los emishis representan, como nosotras mismas dentro de esta historia, a los llamados “bárbaros”.

Ashitaka

Durante su viaje conocerá a dos mujeres diametralmente opuestas pero que, no son una pareja de antagonistas simplonas, cuando conoces las historia de cada una de ellas, puedes llegar a empatizar con ambas, aunque llegado el momento de elegir, espero que una mayoría empatice más con San.

Lady Eboshi y San: las protagonistas femeninas

Hay muchísima tradición y simbología en la película que no puedo ofrecer, sin embargo, recomiendo buscar en la red textos más expertos. Prefiero adentrarme en lo que puedo captar como espectadora de a pie, utilizando el mundo emocional que despierta y vibra cada vez que reviso esta película.

Considero que Lady Eboshi encarna el progreso, soy consciente de que no he dicho nada nuevo, el paralelismo se refleja en su ambición, su discurso enfocado en los resultados y el hecho de que claramente está acabando con todos los ecosistemas que se encuentra a su paso. Sin embargo, también es una mujer que rompe con los estereotipos de la época en que la que se hace la película y la época que se representa en la misma, consiguiendo con esto incluir a las mujeres en la narrativa histórica del Japón.

Lady Eboshi

Lady Eboshi tiene un carácter maternal pero su manera de demostrarlo se parece más a la naturaleza que tanto intenta destruir que al rol tradicional de madre. Me explico con un ejemplo, ella recoge en su aldea a todas las mujeres prostituidas que estaban siendo explotadas por los hombres, las dota de dignidad cubriendo sus necesidades básicas (techo, comida, trabajo) y además les enseña a defenderse. Una osa no defendería a un oso adulto, aunque este haya sido su cría. Lady Eboshi les da los medios, pero no las considera menores de edad a las que hay que proteger, por lo tanto, no corre a su rescate cuando las atacan los samuráis, es más, cuenta con ellas para la defensa de la ciudad. Aunque también es cierto que, en muchos momentos este, llamémosle abandono, ocurre debido a la propia ambición de Lady Eboshi y una cierta despreocupación hacia sus súbditos hombres.

San, por otro lado, representa un puente de unión entre dos mundos: el que le otorga su condición de humana y el vínculo que tiene con la naturaleza y la divinidad ya que se la denomina princesa de los espíritus furiosos de la naturaleza (Mononoke es algo así como espíritu iracundo). Si Lady Eboshi rompe los estereotipos de la maternidad, San los rompe en relación a la feminidad: la primera vez que la vemos, la escena termina con ella extirpando con los dientes la bala que recibió su madre loba y escupiendo la sangre mientras mira desafiante a la cámara. Una imagen que no se ajusta a lo que los cánones machistas esperan de las mujeres, sin embargo, su feminidad está siendo representada en esa misma acción que resulta protectora.

San (princesa Mononoke)

Que ella desarrolle sentimientos afectivos hacia Ashitaka, a mi modo de ver, la reconcilia con su propia naturaleza. San no puede dejar de ser humana y la contradicción de odiarlos supongo que le ocasiona una fractura interna representada por la máscara que lleva. Al final de la historia, prometen volver a verse, ella no renuncia a liderar su manada ni se traslada a la aldea ni Ashitaka hace lo propio, reconocen sus diferentes orígenes como también reconocen los sentimientos que tienen el uno por el otro. Añadir también que San rinde sus pretensiones personales ante el bienestar del grupo, ella se rige por valores comunitarios antes que individualistas. Ella vive el viaje de la heroína, caracterizado por una integración de sus propias partes contradictorias.

San y Ashitaka

Ashitaka, como representante de las espectadoras, nos muestra cómo los seres humanos estamos heridos con la emoción de la ira, pero que podemos controlarla y ser amorosos con todos los seres. Cuando se enamora de la princesa Mononoke, más que una representación romántica y plana, para mí simboliza la posibilidad de retornar a la naturaleza, el respetar la creación sin necesidad de intervenirla, el admitir ser naturaleza, el aceptar el equilibrio.

El Caminante Nocturno

Por último, el dios del bosque, el espíritu que tiene forma de ciervo durante el día y que de noche se transforma en el Caminante Nocturno. Antes de hablar de lo que representa el espíritu más poderoso del bosque, quisiera repasar un concepto muy sencillo. La diferencia que se hace entre naturaleza y cultura, parecería que es un tema alejado completamente de la industrialización, pero no lo es.

Caminante Nocturno

Cuando el hombre habla de cultura (léase mi intencionalidad de utilizar el término hombre en este momento) habla de todo aquello que lo diferencia de los animales, cultura está relacionada a la razón. El hombre necesita asegurarse de que mira a la naturaleza y la transforma. Se entiende por lo tanto que el progreso es cultura: Europa es cultura, América Latina es naturaleza. Del mismo modo, el hombre en sí es cultura y la mujer es la naturaleza ya que él es quien domina y ella la que obedece.

Yayo Herrero dice que la dominación sobre la naturaleza toma cuerpo en la obsesión por eliminar los obstáculos que impiden la realización de cualquier deseo. Cualquier límite que impida avanzar en este dominio se presenta como un reto a superar. La modificación de los límites de la naturaleza ha sido vivida como una muestra de progreso. Ante esta explicación, se comprende con claridad que matar al dios Ciervo es controlar la naturaleza y cuando le cortan la cabeza de alguna manera lo consiguen, pero el símil de quitarle su cabeza vuelve a la naturaleza irascible y destructora, como lo es bajo las nuevas reglas del cambio climático. Pero es destructiva para nuestra narrativa, cuando nos extingamos, cuando consigamos subir los grados de temperatura que eviten que podamos mantenernos con vida, otra vida poblará el planeta. La naturaleza no es malvada, en realidad es consecuente con nuestros actos. Al regresarle su cabeza no puede seguir siendo el mismo dios Ciervo, las reglas de la muerte se aplican incluso para él mismo, se ha transformado, aunque no se nos indique exactamente cómo, sigue dando vida y muerte pero ya no como un ente independiente.

Desde que la humanidad es capaz de habitar cualquier lugar del mundo por muy inhóspito que sea, hemos desprovisto a la naturaleza de su lado salvaje: en el mundo actual, hemos reducido a la naturaleza a espacios controlados bajo el término “protegido” con circuitos de tablones de madera para no interactuar con ella. Pero por mucho que hemos intentado arrebatarle la capacidad de dar y quitar la vida, aunque sea menos salvaje, aunque esté más contenida, los límites de la muerte se pueden estirar, pero no romper.

Una película cuya importancia sigue vigente.

Deja un comentario