Los años 70 supusieron un gran impulso para el audiovisual feminista en occidente, sobre todo en Europa y EE.UU. Surgieron varios grupos que utilizaron el recién estrenado formato de vídeo para crear obras reivindicativas con los derechos de las mujeres. En España, sin embargo, todavía pesaba la dictadura que tanto había machacado la libertad creativa e intelectual y la libertad en general de las mujeres.
En los años 70 las mujeres españolas no se parecían a las europeas. No podemos pensar en que aquí aparecieran voces como las de Chantal Akerman o Agnès Varda, pues cuando lo intentaban enseguida les cortaban las alas de raíz, pensemos en el caso de Cecilia Bartolomé y como se cebaron con su trabajo de la Escuela de Cine, Margarita y el lobo (1968) y cercenaron una prometedora carrera cinematográfica.

Josefina Molina, la otra mujer titulada en dirección por dicha escuela apenas había conseguido dirigir una película en toda la década. Su trabajo se limitaba a la televisión y con ciertos límites. A finales de los 70 había presentado un piloto de programa titulado Las sufragistas en el que hablar de mujeres, entrevistar a mujeres de diferentes profesiones, hablar de la historia de las mujeres… La idea fue rechazada por los ejecutivos de TVE, la excusa, a quién le iba a interesar algo así. El piloto desapareció.
Así que la memoria de las mujeres españolas se quedó huérfana de miradas femeninas que nos constasen lo que significaba ser mujer en aquellos, ser una mujer real lejos de la horrenda imagen que de ellas daban el cine de aquella época. No había directoras y las pocas que había no tenían la oportunidad ni la libertad para hacer las películas que querían.
Por lo tanto, descubrir una película como Función de noche nos provoca dos cosas: la primera, una inmensa alegría y emoción de tener un documento tan valioso sobre lo que era ser mujer en aquel 1981 y, la segunda, la rabia de constatar que si a las cineastas españolas les hubieran dado cancha hubieran podido innovar y crear obras tan interesantes como las que hacían sus homónimas europeas. Nos dejaron huérfanas de relatos, primero la dictadura y después los primeros años de democracia. Tuvimos que esperar a los años 90 para encontrar un incipiente corpus fílmico de diferentes directoras.
A finales de los 70 principios de los 80 había tres directoras y las tres nos dejaron tres obras imprescindibles para nuestra genealogía y nuestra memoria: Vámonos, Bárbara (1978) de Cecilia Bartolomé, Gary Cooper que estás en los cielos (1980) de Pilar Miró y la película que nos ocupa, Función de Noche (1981) de Josefina Molina.

El origen
Cuenta Josefina Molina en un coloquio con la cineasta Chus Gutiérrez, tras la proyección de la película, que la idea surgió a raíz de las confesiones que le hizo la actriz Lola Herrera a ella y al productor José Sámano. Lola estaba representando 5 horas con Mario y sufrió un colapso. Quedaron a comer los tres amigos porque ellas querían hacer una película juntas. Durante la comida Lola Herrera les confesó que atravesaba por un momento personal muy difícil y estaba al borde de una depresión. Según la escuchaba, Josefina Molina en seguida supo que ahí tenían su película. A partir de ese malestar de Lola, tenía que contar cómo se sentían las mujeres de su generación. Era un punto de partida que tenía que trabajar para descubrir cómo lo iba a encauzar.
Enlazó la situación personal de su amiga Lola Herrera con un artículo que había leído en la revista Vindicación Feminista en el que según una encuesta la autoestima de las mujeres de su edad era muy baja en aquel momento. Era una generación que había sido educada en el franquismo con unos valores que parecía que en ese momento no le servía. Ellas habían sido educadas para ser esposas y madres y ahora sentían que, aunque se suponía que podían aspirar a más, no sabían cómo hacerlo, nadie les había dado las herramientas para ser mujeres diferentes.

La producción
José Sámano y Josefina Molina le preguntaron a Lola Herrera si estaría dispuesta a contar todo lo que sentía delante de una cámara junto a su ex marido Daniel Dicenta diseccionando con él lo que había supuesto su matrimonio y su relación de pareja y las secuelas que ella arrastraba de aquella relación y posterior separación. Lola Herrea lo tuvo muy claro y Daniel Dicenta aceptó el reto. También se incorporaron al proyecto los hijos de la pareja y la mejor amiga de Lola, Juana Ginzo.
Prepararon un contrato por el cual los primeros que verían la película serían Lola, Daniel y sus hijos, Natalia y Daniel. Si alguno no daba consentimiento a que exhibiese, el filme no saldría a la luz.
Reprodujeron un camerino del Teatro Marquina de Madrid en los Estudios CineArte. El decorado estaba cerrado por cuatro paredes, las cámaras se colocaron detrás de las paredes y grabarían detrás de los espejos trucados (que eran ventanas por la parte exterior). Colocaron dos cámaras detrás de cada pared y Josefina sería la única persona del equipo que escucharía la conversación.

Lo único que recrearon fueron escenas de la vida de los hijos y de la propia Lola Herrera, como su visita al médico, a la pitonisa o los paseos con su amiga. Todo eran momentos de la vida cotidiana de la actriz, pero que se recrearon cinematográficamente para la ocasión. Por lo demás, no había guion.
La montadora, Nieves Martín, y Josefina Molina tardaron seis meses en montar una película dada la gran cantidad de metraje que habían rodado al utilizar tantas cámaras.
Función de noche fue una película arriesgada a nivel formal. Estaba claro que las mujeres necesitaban otros modos de construir el relato alejado de la narrativa convencional. Algo habitual en el cine de Akerman, Varda, Bartolomé o Ula Stöckl entre otras muchas directoras de la época.
Una película necesaria
Estoy convencida de que cada vez que una mujer ve esta película por primera vez da las gracias a Josefina Molina y a José Sámano por haberla hecho. Pero sobre todo da las gracias a Lola Herrera por su enorme valentía al mostrarse con esa franqueza y honestidad y expresar lo que muchas mujeres sentían o incluso hemos sentido en algún momento. Seguramente las más jóvenes entiendan a sus abuelas, a sus madres y en ocasiones se descubran a sí mismas.
Es una película que podríamos clasificar de docudrama, Lola y Daniel se interpretan a sí mismos y su conversación fluye en completa intimidad mostrando, sobre todo ella, de forma descarnada todo su mundo interior. Ambos actores nos llevan a una conversación íntima sobre una relación que ya había terminado hacía años pero cuyas heridas todavía seguían abiertas para Lola.

Lola Herrera nos adentra en los caminos intrincados de la condición de las mujeres de aquellos años. Una generación de mujeres en España que no encuentra su sitio en los nuevos tiempos que corren. Se quedaron atrás, con un enorme complejo de inferioridad, con una vida dependiente de los hombres y con una baja autoestima que desarma. Y si Lola Herrera, que era una mujer independiente y con una carrera profesional, se sentía así ¿cómo no se iban a sentir el resto de mujeres a las que habían secuestrado su independencia y libertad en aras de su dedicación a la familia?
Ella habla del temor a perder la reputación (algo fundamental para una mujer en el franquismo), de su necesidad y obligación de complacer a la madre, de querer conocer el mundo a través de un hombre, porque parecía que era la única opción posible para una mujer. Toda esa educación machista para complacer, para cuidar, para vivir para los demás queda al descubierto en las palabras de la actriz.
Durante la hora y media que dura el filme, Lola Herrera cuenta muchos detalles íntimos y reprocha, no solo a su ex marido, sino a toda la sociedad en general, el no haber tenido una educación que le permitiera ganar confianza en sí misma. Lo que llamamos el síndrome de la impostora hoy en día machaca su persona pues una y otra vez siente que no es digna de su trabajo, del amor de su ex marido, del reconocimiento…
Las frases de Lola Herrera son puñaladas directas a nuestras conciencias, eran frases que muy pocas mujeres se atrevían a decir en voz alta:
“Yo no he vivido. No he vivido para mí.”
“Yo no he tenido libertad para vivir.”
“Los hijos han llegado a ser una carga para mí. Una carga maravillosa, pero carga. Y me he sentido tan sola, Daniel.”
“He hecho ídolos de hombres que no eran ídolos.”
”Acomplejada. No he sabido pedir ayuda, nadie me ha adivinado y yo siempre he adivinado a los demás, lo que querían lo que necesitaban.”

Aún hoy, las mujeres nos reconocemos en algunas de esas frases, porque en algún momento de nuestras vidas todas hemos sido Lola y hemos sentido esa carga.
Repercusión
Josefina Molina quiso hacer una película sobre su generación que le permitiese hablar a la vez de la España de aquellos años, criada y educada en la dictadura y viviendo en un nuevo régimen político. Josefina Molina quería hacer una interpelación al franquismo y a su método represor que había dejado desvalidas a las mujeres.
Se estrenó en el Festival de Cine de San Sebastián en 1981 y perdieron la Concha de Oro por el voto en contra de un crítico del que Josefina Molina no quiere dar el nombre. Se estrenó en el Cine Gran Vía de Madrid y hubo colas de personas que querían ver la película. Para lo modesta que era funcionó bastante bien. Las mujeres se reconocieron en Lola y los hombres no daban crédito a lo que aquella mujer contaba.
Hoy en día es una obra clave en el cine español y es uno de los pocos ejemplos de cine feminista en nuestro país. De los pocos documentos audiovisuales que nos relatan nuestro pasado, de los escasos documentos en los que las mujeres se cuentan a sí mismas porque apenas hubo miradas femeninas en el cine español que creasen genealogía para las futuras generaciones. Y por eso, esta obra es tan importante y necesaria.
