La mujer del año, George Stevens (1942)

Son muchas las trampas que nos marcaba el Hollywood clásico. Su cine tenía que sortear códigos de conducta, contentar a las élites y ser garantes de los valores tradicionales. Algunas películas eran capaces de sortearlas, otras, en cambio, disfrazadas de subversivas, escondían los mensajes de siempre.

Cuando pensamos en Katharine Hepburn, siempre la recordamos como una mujer que consiguió sortear estereotipos y costumbres trasnochadas. Fue una mujer muy libre, para lo que se estilaba en aquel Hollywood que inventaba pasados a conveniencia, obligaba a matrimonios que ocultaban homosexualidades y orquestraba sesiones de fotos de matrimonios felices más falsas que las propias películas. Hepburn estaba por encima de todo aquello y no se doblegó, vivió como quiso y se comportó como le dio la gana. Solo se doblegó en sus películas, pues sus personajes se parecían a ella, sí, pero siempre terminaban en el redil.

El director George Cukor, Katharine Hepburn y Geroge Stevens, director de La mujer del año

La mujer del año es una comedia romántica fantástica, de las que crearon escuela y llena de buen oficio. Tess Harding, el personaje que interpreta Katharine Hepburn es maravilloso, atípico. Harding es una periodista de política internacional. Es independiente, hija de diplomático, políglota, cosmopolita, muy competente en su trabajo. Es el ideal, quien haya visto La mujer del año siendo joven habrá querido ser como ella. Es un personaje bastante poco habitual, pues no sigue un estereotipo claro. Sin embargo, a lo largo de la película, toda esa independencia y fortaleza se va desinflando en aras del amor y del matrimonio.

El argumento es sencillo: Tess y Sam son dos periodistas que trabajan en el mismo periódico, ella en internacional y él en deportes. Un enfrentamiento dialéctico en sus respectivas columnas, les lleva a que el director del periódico les obligue a conocerse en persona para que hagan las paces. Como en toda comedia romántica, por muy diferentes que sean los personajes en seguida surge la química y deciden casarse. Sin embargo, Tess sigue anteponiendo su trabajo a la vida doméstica lo que genera conflictos entre ambos.

La peculiar noche de bodas de Tess y Sam

COMICIDAD A COSTA DEL FEMINISMO

Feminista es una palabra que se utiliza varias veces a lo largo de la película, algo no muy habitual en el cine y menos aún en aquellos años. Si las primeras décadas del siglo XX habían sido muy reivindicativas con los movimientos sufragistas, llegada la década de los años 40 el retroceso hacia los valores y roles más conservadores serán los que marquen la pauta. El cine y la publicidad en pleno desarrollo en esos años, entienden rápidamente la influencia que pueden ejercer sobre los espectadores, por los que los movimientos críticos de las décadas anteriores (no solo feminismo, sino los movimientos socialistas y sindicales) quedarán relegados por ser contrarios al sentimiento patriótico y los valores religiosos y tradicionales.

Por lo tanto, aunque en La mujer del año, se mencione varias veces las palabras feminista o feminismo, al final terminan siendo ridiculizadas. A Tess Harding se la presenta como una mujer feminista, pero es su tía Ellen y las mujeres con las que comparte escenario, las mujeres de las anteriores generaciones que tienen a sus espaldas un bagaje de compromiso y militancia.

Tess y tía Ellen (Fay Banter)

Sin embargo, a estas mujeres y a la propia Tess se les despoja de todo prestigio intelectual cuando se las ridiculiza a través del vestuario. Tres de las escenas más cómicas son consecuencia de la ropa “extravagante” de las mujeres. En el partido de baseball al que va con Sam, Tess aparece con una enorme pamela que le quita toda la visibilidad al hombre que está sentado en la fila de detrás; en una conferencia de mujeres, Sam se sienta entre ellas en el escenario y termina enredado por los flecos de la vestimenta que lleva la mujer que tiene al lado. El discurso de Tess no importa, ni tampoco la gravedad del acto. Por último, en la escena en la que Tess intenta preparar el desayuno, los tirantes que lleva le dan algún que otro problema para cocinar. Y sin embargo, como contrapunto a todos estos momentos cómicos, podemos verla en las escenas en su apartamento vistiendo de manera andrógina, con pantalones y mocasines, algo muy inusual para la época cuando las mujeres siempre llevaban tacones, faldas y ropa, por lo general que marcaban su cuerpo ahondando en la sexidad de los personajes femeninos.

Sam y Tess en el partido de baseball

ROLES DE GÉNERO Y DICOTOMÍAS

El intercambio de algunos roles de género entre ambos personajes a lo largo de la trama es otro punto de comicidad en la película. Sirva como ejemplo el tema de la boda donde será Sam el que quiera una gran boda, el que se preocupe por el vestuario, el que llame a su madre. A Tess le sirve con pasar el trámite, tanto ella como su familia, están más preocupados por sus compromisos profesionales. A lo largo de la película es él el que quiere un matrimonio tradicional.

Tess con su secretario personal

Como apunta Mercedes Expósito García en su libro De la garçonne a la pin up: “La feminización de América constituía un tema muy preocupante para muchos hombres, que lo consideraban uno de los males de la vida estadounidense que estaría amenazando con más de una restricción a la esfera de poder y la autonomía masculinas, al goce de las anteriores libertades«.

Esta película lo refleja muy bien, pues no solo están en peligro los valores masculinos sino los valores americanos. Así durante toda la película, no solo tenemos la dicotomía hombre/mujer, sino estadounidense/extranjero y tradición/modernidad. De esta forma el mundo de Sam, del deporte, del baseball en particular, de los bares, de la casa en las afueras, entra en conflicto con el mundo de Tess, más intelectual, cosmopolita, más sofisticado. Y donde Sam representa a las gentes sencillas y modestas de a pie, es decir, el público que visita las salas de cine, Tess, representa a las élites. De esta forma las mujeres de clase trabajadora que van a ver la película, al final terminan identificándose con Sam y sus valores tradicionales, pues ninguna vive en un apartamento en Manhattan ni se codea con líderes políticos internacionales. Y si, por un casual, se mostrasen demasiado inteligentes o independientes no conseguirían el final feliz al que se suponen que deben aspirar, encontrar marido.

LA DOMA

La mujer del año, al igual que sucedía en Gilda de Charle Vidor (1946) no es más que el retrato de una mujer domada. Si en Gilda esa mujer domada era el prototipo de mujer fatal, mujer caída y perversa, a la que hay que azotar para llevarla por el buen camino, aquí se trata de castigar la independencia. Para eso está el personaje de la tía Ellen, es decir, si das demasiada prioridad a tu trabajo y a tu actividad intelectual y social, acabarás sola, como todas aquellas viejas sufragistas.

El ideal de mujer era el ángel del hogar y tanto la mujer fatal como la mujer independiente necesitan que les muestren el camino.

Por supuesto, como suele pasar en este tipo de relato, el hombre es el que al final da el consejo sabio y toma la decisión final. Es cierto que es la propia Tess la que decide amaestrarse, animada por la propia experiencia de su tía. Pero, de nuevo su ímpetu, le juega la mala pasada de llevarlo todo al extremo. Sam pone la nota de sensatez y le explica cómo deben de ser las cosas.

El cine y los emergentes medios de comunicación van comprendiendo su enorme poder sobre las conductas de las audiencias cada vez más concentradas en las ciudades. La mujer del año es, sin duda, un ejemplo de ello.

UNA GRAN COMEDIA

A pesar del análisis feminista no se puede negar lo evidente, es una comedia romántica impecable, y a pesar de sus trampas para con el personaje femenino, mucho más moderna que algunas de las bazofias que nos intentan colar hoy disfrazadas de amor moderno y supuesto progresismo. Esta película, además, tenía su justificación por el contexto en el que se realizó; las comedias románticas actuales no tienen justificación alguna.

Su ritmo, sus escenas, su estudiada comicidad visual, sus excelentes protagonistas todo ello la convierten en una de las mejores comedias de aquellos años 40, en cierto modo, esquizofrénicos que no sabían avanzar y que dudaban si retroceder. Aquellos años 40 que fueron la antesala de la reacción de la siguiente década aplastada con un conservadurismo que asfixió a sus mujeres y castigó los estilos de vida alternativos fuera del american way of life.

Esta película fue la primera vez que Katharine Hepburn y Spencer Tracy trabajaron juntos. La química era innegable entre ambos, sus miradas delataban ese “amor” a primera vista que duró hasta la muerte del actor. Curiosamente, en nada se pareció su verdadera relación a la de sus personajes, Sam y Tess. Él casado y católico convencido, nunca se divorció. Se rumoreaba, sin embargo, que ambos mantuvieron una larga relación. Todo eran especulaciones, porque su relación no se podía encasillar. Hepburn, a diferencia de Tess, nunca claudicó ni se replegó a las exigencias de Hollywood que la tuvo que aceptar como era, la estrella menos estrella del sistema. Y aún así, triunfó y se convirtió en inmortal siendo ella misma.

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