Escribe la cineasta Josefina Molina en el prólogo del libro de Victoria Fonseca, Ana Mariscal. Una cineasta pionera:
“…su imagen estaba unida sin remedio al régimen anterior, y no solo por haber interpretado un papel en Raza, pero también es verdad que muchos de sus actos contradecían esta adscripción. Mucho tenemos que aprender todavía las mujeres sobre la solidaridad y el respeto que debemos hacia las que vinieron antes que nosotras y sentaron el precedente para que cuando llegarámos otras generaciones fuera un poco menos extraño y admisible para la sociedad vernos allí. Sin duda, yo me beneficié, si no de su trabajo o de su experiencia, sí de que ver a una mujer tras la cámara no resultara tan extraño. Sentar el precedente es todo un valor para las mujeres”.
Efectivamente, el trabajo y la persona de Ana Mariscal quedó en tierra de nadie y pocas personas se atrevieron a reivindicar su labor como cineasta en un entorno masculinizado, en una profesión en la que ella era la única. Mariscal hizo lo que pudo. Con poco presupuesto y muchas dificultades consiguió rodar 11 películas en 15 años, fue la primera española que consiguió tener una carrera estable como directora.

Ana María Rodríguez-Arroyo nació (se cree) el 31 de julio de 1923 en Madrid, aunque según su propio marido, habría nacido dos años antes en realidad. Fue una niña prodigio intelectualmente. A la edad de cinco años, no solo jugaba como el resto de las niñas y niños de su edad, sino que leía los periódicos de la época, le apasionaba resolver problemas de matemáticas y era una lectora empedernida. Siendo muy joven y animada por su hermano Luis, en 1935 se incorporó a la compañía amateur Anfistora (nombre que le había puesto Federico García Lorca al que, según cuenta Ana, le encantaba inventarse palabras) que dirigía Pura Ucelay. Ana se enamoró del teatro y pasó muchos ratos con Lorca que la consideraba una actriz muy prometedora y de gran inteligencia. Con apenas 13 años, Ana Mariscal, pasaba agradables tardes en la casa del poeta que la consideraba una actriz muy prometedora y de gran inteligencia. Ana se enamoró del teatro.
Cuando comenzó la Guerra Civil, marchó a Mallorca donde vivió durante la contienda en casa de unos familiares. Terminada la guerra, regresó a Madrid y retomó sus estudios muy decidida a estudiar Ciencias Exactas.
La actriz de los años 40
No se sabe cómo comenzó Ana Mariscal su carrera de actriz en el cine, unos dicen que fue por unas fotos que le hicieron cuando actuaba en San Sebastián, otros que fue cuando acompañó a su hermano Luis a los estudios CIFESA, el caso es que el director Luis Marquina vio en ella una inusual fotogenia y la contrató para trabajar en El último húsar que se iba a rodar en Roma, en los famosos estudios Cinecittá. Entró por la puerta grande y recordaba con gran cariño su paso por los estudios italianos:
“Los estudios Cinecittá eran fabulosos, con muchísimos platós, cuatro o cinco restaurantes, jardines, talleres de decoración, de vestuario, maquilladores… Bueno, una especie de Hollywood”.

Durante los años 40 se convertiría en una auténtica estrella de cine interpretando, sobre todo, mujeres fuertes y figuras históricas. En 1943, protagoniza Raza de José Luis Saenz de Heredia algo que le pasará factura a la hora de recordar su obra. Apenas tenía 20 o 22 años y ella asegura que no tenía ni idea de que el guion lo había escrito el propio dictador Francisco Franco. Se convirtió, irremediablemente, en la musa del régimen.
Ana Mariscal se convirtió en la estrella de los años cuarenta gracias a sus interpretaciones en el fastuoso cine histórico con el que el régimen franquista pretendía exaltar a los personajes históricos más tradicionales cimentando el sentimiento nacional y españolista, así como los valores tradicionales y las loas a la España católica y ultraconservadora. En aquella década, Mariscal ganó 3 medallas del Círculo de Bellas Artes a la Mejor Actriz Principal por sus papeles en las películas Una sombra en la ventana de Ignacio F. Iquino (1945), Un hombre va por el camino de Manuel Mur Oti (1949) y De mujer a mujer de Luis Lucia (1950).
Compaginaba el cine con sus otras dos pasiones, el teatro y la literatura. Escribió una novela en 1943, Hombres, cuya edición de 3.000 ejemplares fue secuestrada por la administración alegando que era una apología contra el matrimonio. Hubo que esperar hasta 1992 para que se volviera a editar.
En esos años fundó también su propia compañía teatral junto con el director y actor Nicolás Navarro con la que interpretó al personaje de Don Juan Tenorio en un alarde de osadía y valentía actoral con el que se llevó las más furibundas críticas y una citación a juicio por parte de la Delegación Provincial de Educación. Parecía que la “musa del franquismo” les estaba saliendo rebelde.

Estaba claro que ella era una mujer libre, al menos todo lo libre que se podía ser bajo una dictadura que esperaba que las mujeres fueran madres y esposas sumisas. Ana Mariscal, a su manera, desafiaba esa moral y tomaba todo tipo de desafíos profesionales. Era una mujer muy inteligente, una gran intelectual y una trabajadora incansable.
El salto a la dirección
Durante el rodaje de Un hombre va por el camino de Manuel Mur Oti (1949), conoció al que sería su futuro marido, el técnico de fotografía Valentín Javier. Su marido en seguida fue consciente de la inquietud creativa de la actriz y en un momento en el que ambos estaban en busca de nuevos proyectos, él la animó a que dirigiera una película. Así surgió Segundo López, aventurero urbano, la primera película de Ana Mariscal que no sólo dirigió sino de la que también fue productora, guionista y en la que se reservó un pequeño papel.
La rodaron con muy poco presupuesto en escenarios naturales, en el Madrid todavía destruido por la guerra y con actores no profesionales en los papeles protagonistas. Ana quería reflejar la realidad de la posguerra de las clases más desfavorecidas. Se suele asociar esta película con el estilo neorrealista italiano, pero Ana Mariscal reconoce que aquí en España no se habían exhibido películas del neorrealismo y sus directores favoritos eran René Clair, Michelangelo Antonioni y Billy Wilder. Ella quería hacer un filme a caballo entre las propuestas del cine estadounidense que combinaba el drama con momentos de comedia y el cine europeo de cierta densidad social.

La película no gustó nada. Según sus propias palabras “cayó mal” no gustó en la Junta de Clasificación y Censura y le dieron la tercera categoría lo que suponía su nula distribución y exhibición. Además, la calificaron para mayores de 16 años.
Pero Ana y Valentín decidieron que ese contratiempo no les iba a parar, así que cogieron las latas de película y se fueron en coche por los pueblos pequeños a promocionarla y exhibirla. Ana iba delante y como la gran estrella de cine que era en la época y utilizaba esa fama popular para conseguir que proyectaran la película.
Nada achantaba a Ana Mariscal, años después, Domingo Sánchez, el niño protagonista de Segundo López la recordaba así:
“Ana era una actriz muy buena, una directora inteligente y muy buena persona, amiga de sus amigos. Le ponían muchas dificultades por el hecho de ser mujer. Ana no ha sido apreciada ni por la derecha ni por la izquierda, era inteligente y hablaba claro, no la cortaba ni un serrucho”.
Una trayectoria estable
Ana Mariscal dirigió 10 películas más con su productora Bosco Films. Trabajó con varios géneros, entre ellos el documental con Misa en Compostela (1954) su segunda película. Tras un paréntesis del matrimonio en Argentina, volvieron para dirigir la que sería su tercera película, Con la vida hicieron fuego (1958) que trataba el tema de la reconciliación nacional y con la que volvió a tener problemas con la censura que le hizo eliminar frases del guion.
Siempre rodó con bajo presupuesto para filmar historias que ella consideraba importantes contar, que le gustaban y por las que trabajó para conseguir la independencia creativa.

La quiniela (1960) fue su cuarta película y su intención era mantener la línea de estilo de sus anteriores filmes pero también quería intentar conseguir mejor respuesta por parte de la administración franquista a la vez que conseguía tener más éxito en taquilla. Es por ello que le dio un toque de comedia costumbrista bebiendo directamente del sainete teatral.
Rodó después ¡Hola, muchachos! (1961). Con su particular visión del universo educativo y de la juventud, en ella retrata un proyecto en el que confiaba plenamente, el de las Universidades Laborales que implantó Falange. Si bien, a pesar de su defensa, intenta no hacer una apología de ello ni de ser excesivamente parcial, sino que de forma elegante, retrata la vida universitaria de sin caer en demagogias. En Occidente y sabotaje (1962) vincula acontecimientos que se estaban sucediendo en España y se acerca al cine de espías.
En 1964 dirige la adaptación cinematográfica de El camino de Miguel Delibes, su obra de madurez. Ella misma deja escrito en su cuaderno de rodaje que, desde Segundo López: “Esta es mi única película sin concesiones, la más pura, la que más en consonancia está conmigo y con mis gustos”.

Será su mejor película, la más elaborada y la más redonda, después ya no volvió a conseguir esta calidad estética. El propio Delibes estuvo muy involucrado en el proyecto y aprobó incluso el reparto. Sin embargo, volvió a tener problemas con la censura. La película nunca se estrenó en Madrid y llegó tarde y a pocas salas a otras ciudades más pequeñas. Fue una de las obras malditas del cine español, si bien con el tiempo se ha convertido en un clásico de culto (Mark Cousins la incluyó en su serie documental Women make film (2020) y ha sido exhibida en el último Festival de Cine de Cannes en 2021).
Los duendes de Andalucía (1965), Vestida de novia (1966) y El paseíllo (1968) serán sus últimos trabajos. Tras el fracaso estrepitoso de El camino, Ana intentó hacer un trabajo más comercial, que consiguiera ingresos para su productora Bosco Films. Estos filmes supusieron un paso atrás en su evolución estilísitica como cineasta. Instalados en un género folclorista y muy tradicional ya quedaron anticuados en el momento de sus respectivos estrenos. En el década de los 60, el cine español estaba transformándose con estilos y temas mucho menos tradicionales y que apostaban por una renovación formal y temática. El nuevo público no fue benévolo con unas películas que parecían demasiado a tiempos pasados. El éxito comercial se le volvió a resistir.
Sus últimos años
Ana Mariscal nunca dejó de interpretar a la vez que intentaba mantener su carrera como directora, guionista y productora, gracias su productora Bosco Films que dirigía junto a su marido Valentín Javier y que le llevó a producir también a otros directores. Cuando dejo de dirigir, Ana Mariscal siguió trabajando como actriz, con papeles cada vez más esporádicos en el cine y, por supuesto, en teatro. Además, estuvo dedicada a la docencia, daba conferencias y también dirigió teatro.
Fue una gran intelectual, de valores tradicionales y religiosa, sí, pero una mujer muy culta que tenía sus ideas muy claras. Cierto que no condenaba el régimen (ni que hubiera sido la única), pero tampoco se casaba con él pues lo que no le gustaba lo criticaba abiertamente. ¿En qué creía Ana Mariscal? Según sus propias palabras: “Creo en la trascendencia del ser humano, en la familia, en Dios, en el amor y en el arte. En nada más.” Y así podemos resumir su cine. El cine de una mujer a la que la historia juzgó muy duramente.

Ana Mariscal murió de cáncer el 28 de marzo de 1995, está enterrada en el Cementerio de la Almudena.

Creo que hay que tener cuidado para no blanquear a una actriz del régimen poniéndole una máscara feminista que nunca tuvo. Dirigió y produjo porque estaba bien relacionada, la censura siempre puso problemas a todas las películas de la época, incluso a las afines, era su obligación. Trabajó con presupuestos bajos como casi todo el cine de la época en España pero eso sí, con subvención, y merecería la pena conocer el juicio crítico coetáneo: los censores por ejemplo no la alababan, más bien al revés. Tuvo poca repercusión porque hacía un cine bastante malo. y ya, pero estrenaba. Era una pionera, sí. pero la heroína del régimen y no por obligación.
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