Una canta, otra no, Agnès Varda (1977)

Esta película solo podía haberse hecho en la Francia de los años 70. Y está claro que solo podía concebirla y dirigirla una directora feminista como Agnès Varda. Pero aunque pertenece a una época y a un país muy concreto, su historia y su sentimiento son universales y transciende a la realidad de las mujeres francesas, entre otras cosas porque era o fue o ha sido o es la realidad de todas las mujeres.

Es una película sobre la amistad a través de los años de dos mujeres que, a pesar de ser muy distintas y de tener experiencias vitales diferentes, nunca dejarán de estar en contacto. Sin embargo, a pesar de la historia de amistad, lo que queda en el trasfondo es la condición intrínseca de la mujer de gestar y dar a luz. Es decir, el condicionante por el que más se nos ha oprimido y por el que más se nos ha definido: ser madres.

Suzanne (Thérèse Liotard) y Pauline/Pomme (Valérie Mairesse)

La película abarca varios años. Comienza en la década de los 60 cuando Pauline (Valérie Mairesse) y Suzanne (Thérèse Liotard) se conocen. Pauline apenas tiene 17 años y Suzanne es algo mayor aunque no mucho, pero ya está casada y tiene dos niños pequeños. La película comienza con una casi ausencia de color. Con días tristes y apagados como reflejo de la propia angustia de cada una de las protagonistas. Un color que desaparece por completo en las fotografías que hace el marido de Suzanne, fotógrafo que retrata mujeres en blanco y negro. Mujeres serias, tristes como le hace notar Pauline cuando las ve.

Robert Dadiès (Jérôme) y Pauline (Valérie Mairesse)

Tras una elipsis temporal, Varda nos sitúa a comienzos de los 70, la luz y el tono de la película se van haciendo poco a poco más luminosos. Será gradual, casi imperceptible, una luminosidad que será gradual según vayamos avanzando no sólo físicamente sino vitalmente. Los viajes físicos de las protagonistas nos llevarán del norte frío y oscuro de Francia al sur luminoso, pasando, en el caso de Pauline por un paréntesis en Irán. Esta luz irá emanando metafóricamente de la vida de las protagonistas, conforme van encontrando su lugar en el mundo y cómo quieren estar en él, los colores se intensificarán y la historia se irá volviendo más vitalista. Culminando en el movimiento hippy de la década de las comunas y el amor libre.

MATERNIDAD SÍ, PERO DESEADA Y CONSCIENTE

La película es claramente pro abortista. Varda era pro abortista. En aquellos años, además, en Francia tuvo lugar un juicio muy mediático, el caso Bobigny, a cuyas concentraciones reclamando el aborto la cineasta acudió y posteriormente recreó en esta película. Con Pauline (ya convertida en Pomme) acudiendo a las concentraciones a la puerta de los juzgados y cantando una canción en defensa del aborto. Así, tan importante es tener la capacidad de dar a luz como de poder abortar con garantías. El aborto será una parte indisoluble de la naturaleza de la mujer, el aborto que nos ha acompañado a lo largo de toda la historia porque, aunque nos lo hayan prohibido una y mil veces, se ha seguido y se seguirá abortando.

Aborto y maternidad serán la cara de una misma moneda, ambas protagonistas abortarán y serán madres, si bien Suzanne ya aborta siendo madre (a lo que la ayuda Pauline) pues no quiere tener más hijos, Pauline abortará primero y tomará de forma consciente y deseada la decisión de ser madre años después.

Y entre medias de ambos extremos, Varda introducirá la planificación familiar como algo necesario para la vida de las mujeres. Suzanne dirigirá un centro para ayudar y dar información a las mujeres sobre métodos anticonceptivos, sexualidad y salud femenina, algo que en aquellos años estaba comenzando a despegar en la década de los 70 y que necesitó de mucha pedagogía para que fuera considerado como algo necesario y vital para que las mujeres tuvieran independencia y capacidad de decisión sobre sus cuerpos.

LA INDEPENDENCIA DE LA MUJER

Esta cinta es un canto a la independencia absoluta de la mujer y esta pasa por la independencia reproductiva y económica. Ambas protagonistas lo aprenden a lo largo de sus vidas. Pomme luchará por mantenerse económicamente con su música y Suzanne, habiéndose quedado viuda, emprenderá una vida completamente independiente y sacará adelante sola a sus dos hijos.

Suzanne (Thérèse Liotard)

Las dos protagonistas serán dueñas de sus vidas y dejarán que ningún convencionalismo les impida llevar la vida que desean. Es por ello, sobre todo en el caso de Pomme, que tomarán decisiones que chocarán con la moral establecida y con la sociedad bien pensante. Se apoyarán la una en la otra, en la distancia, sin juzgarse mutuamente solo estando ahí conscientes de la necesidad de tenerse la una a la otra.

UN CANTO A LA VIDA

En el fondo, por muy pro abortista que sea la película, Varda reclama la vida por encima de todo, pero la vida consciente y autónoma, no la vida a cualquier precio y reclama también los grupos y redes de apoyo femenino, donde las mujeres encuentran la confianza y el respeto para afrontar los problemas que les supone la maternidad y las barreras impuestas por su condición de mujeres. A pesar de la famosa afirmación de Varda de que ella quería ser una feminista alegre pero estaba muy enfadada, esta película en realidad es alegre, optimista y, sobre todo, con el personaje de Pomme, Varda plasma su sentido del humor, jugando con la teatralidad y plasticidad de la puesta en escena que le permite mostrar su cara más lúdica y transgresora. La cineasta lanza un mensaje de esperanza en la lucha feminista y en liberación de la mujer y pone el foco en las nuevas generaciones que se encontrarán con nuevas luchas pero con batallas ganadas.

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