La historia de amor de Ingrid Bergman y Roberto Rossellini se ha resumido en que la actriz vio las películas de Rossellini, le escribió una carta porque quería trabajar con él, se enamoraron, se casaron e hicieron 4 películas juntos y tuvieron 3 hijos. Y todo esto en medio de un escándalo sin precedentes en el hipócrita mundo de Hollywood, que relegó a la actriz al ostracismo y donde no volvió hasta 1959, diez años después de haberse marchado a Italia.
Sin embargo, la historia entre ambos fue mucho más compleja y menos romántica de lo que nos quisieron hacer creer.
Todo comenzó cuando en 1949, Ingrid Bergman fue con su marido a ver Roma, città aperta (1945) de Roberto Rossellini. Ella confiesa que no conocía al director, era simplemente una “película italiana”. Quedó fascinada, no quería que terminara la película, “quería estar dentro de ella”, reconoció Bergman. Le impresionó la forma que tenía de captar la vida y supo que tenía que conocer al cieneasta, que quería trabajar con él. Meses más tarde, en Nueva York fue a ver otra película de Rossellini, Paisà (1946). Quedó igualmente encantada. Y se preguntaba qué podía hacer ella actuando en una película de Rossellini. Así que le pidió consejo a su amiga Irene Selznick: ¿qué pasaría si le escribiese una carta a Rossllini para decirle que quería trabajar con él?
“Querido señor Rossellini:
He visto sus dos filmes, Roma, ciudad abierta y Paisà, que me han gustado mucho. Si necesita una actriz sueca, que habla el inglés perfectamente, que no ha olvidado el alemán, a quien apenas se entiende en francés y que del italiano solo sabe decir “Ti amo”, estoy dispuesta a acudir para hacer una película con usted.
Ingrid Bergman”
Rossellini, por su parte, que en ese momento tenía una relación con la actriz Anna Magnani, ya había tenido contactos con Hollywood pues la productora de David O’Selznick le había enviado varias propuestas. Rossellini recibió la carta de Ingrid Bergman. Él no la conocía, pues con la guerra con habían llegado a Italia producciones de Hollywood de aquellos años. Sin embargo, si recordó haber visto a Bergman en la versión sueca de Intermezzo (Gustaf Molander, 1936) que vio 3 veces seguidas, no porque le gustara especialmente, sino por evitar las bombas que caían fuera.

Rossellini viajó hasta California para conocer a Ingrid y entablar conversaciones con un productor que se había interesado por un proyecto suyo. Durante su estancia se alojó en el pabellón de huéspedes de la casa de Bergman y su marido Petter. Ingrid fue la perfecta anfitriona en Hollywood, le presentó a Billy Wilder, a Sammuel Goldwyn con quien estuvieron en conversaciones para producir Stromboli. Finalmente la producción la llevó a cabo RKO. Así, Ingrid Bergman viajó a Italia para el rodaje de la película. Ella creía que solo estaría fuera unos meses, lo que durase el rodaje, así que solo se llevó 300 dólares. En Estados Unidos lo dejó todo, sus vestidos favoritos, las fotografías de su infancia, los cuadros de su padre y a su hija Pia. Ella solo quería trabajar con Rossellini, en ningún momento se planteaba una relación con él.
Ingrid Bergman fue recibida por una multitud de paparazzi. Federico Fellini, cuando la conoció, quiso hacer una película con ella, pero Rossellini no pensaba en ningún momento dejar que Ingrid trabajase con ningún otro director. En el viaje de Roma a Stromboli en coche por la costa Amalfi, Ingrid se enamoró del cineasta. Así comenzaba el romance cinematográfico por excelencia.
Sin embargo, profesionalmente, la pareja no encajaba tan bien. Ingrid Bergman era una estrella, pero también era una actriz con formación en Arte Dramático, una actriz que había trabajado muchos años en Suecia, primero, y después en Hollywood. Estaba acostumbrada a los ensayos, a los guiones definidos, a aprenderse los diálogos, a la planificación exhaustiva, a que cada persona ocupara su lugar en el rodaje. Rossellini, por el contrario, pese a tener la película en su cabeza, le gustaba trabajar con actores no profesionales y había bastante improvisación en el rodaje. El guion no estaba definido. Era habitual en el director que el personaje se adaptase a la persona que hubiera elegido para élpara interpertarlo, y no al revés, que suele ser lo habitual. Ingrid no estaba acostumbrada a trabajar con actores no profesionales, además, ella decía su texto en inglés (para luego doblarlo) y el resto del reparto en italiano lo que dificultaba aún más el trabajo de interpretación.
Muchos críticos de la época acusaron a Rosselllini de abandonar los principios del neorrealismo en sus trabajos con Ingrid Bergman. Sin embargo, esa crítica demostró que era absolutamente infundada, pues Rossellini no hizo concesiones en sus trabajos con la actriz, especialmente en Stromboli. Fueron los críticos y cineastas de la Nouvelle Vague francesa, los que rescataron al cineasta italiano y las películas que hizo con Bergman. Le dieron categoría de padre del cine moderno, considerando Te querré siempre como una obra maestra y tomando como referencia para sus propias obras estos cuatro filmes que para ellos constituían “la puerta al cine moderno”.

4 películas imprescindibles
Viendo las 4 películas que hicieron juntos, cuesta creer que tuvieran tantas discrepancias a la hora de trabajar. Que la actriz se sintiera tan desorientada e insegura no se refleja en su excepcional trabajo, si acaso aporta más credibilidad a sus personajes. Rossellini supo muy bien aprovechar la condición de Bergman de extranjera en Italia y de actriz europea (más que estrella de Hollywood), pues lo utilizó para plasmar en ella la metáfora de la Europa de la postguerra, la devastación, el caos, la incertidumbre de no saber a qué valores atenerse, cómo vivir después de que todo lo conocido haya sido destruido. En conjunto, además, estos cuatro filmes son una disertación no solo de Europa sino de la propia historia de la pareja, su matrimonio como material para crear un corpus complejo, poético y cinematográfico imprescindible en la historia del cine.
Fueron dos creadores, dos artistas que pusieron sus vidas al servicio del cine. Cuesta creer, sobre todo por parte de Ingrid Bergman que creyera que limitaba a Rossellini, durante sus años y trabajos juntos ella no estuvo realmente cómoda. Pensaba que no estaba haciendo su mejor trabajo y que Rossellini tampoco estaba haciendo sus mejores películas. La crítica italiana las tildó de “malditas”. Con el tiempo, sin embargo, podemos asegurar que el trabajo de ambos no ha envejecido nada. Bergman hizo sus mejores interpretaciones drámaticas y Rossellini dirigió cuatro de sus mejores películas.

En los cuatro personajes que interpreta la actriz hay constantes que se repiten, le excepcionalidad de ser extranjera en tierra extraña, el conflicto que la lleva a buscar a diseccionar su propia existencia, la incomodidad del matrimonio… Todas las mujeres que interpreta huyen de algo en algún momento, generalmente de su propia vida y salen a buscar aquello que dé un sentido más completo a su existencia.
Stromboli (1950)
Se rodó con mucha presión mediática en torno al romance de Bergman y Rossellini, tanto que estuvieron a punto de cancelar el rodaje. Para ambos fue un escándalo en sus respectivos países. En la película, Ingrid Bergman interpreta a una prisionera en un campo de refugiados en Italia que para salir de él se casa con pescador italiano que se ha encaprichado con ella. Ella cree que va a vivir en un idílico pueblecito de la costa italiana, pero el hogar del joven resulta ser una isla volcánica aislada y un pueblo absolutamente inóspito, hostil y encerrado en sí mismo, en la pobreza y en las supersticiones más ancestrales. El contraste entre ella, mujer del norte, independiente con cierto espíritu cosmopolita, y el joven pescador y los habitantes del pueblo anclados en el pasado más primigenio y árido es constante. Ella no ha conseguido la libertad que creía que tendría al salir del campo de refugiados, la isla vuelve a llevarla al encierro y el matrimonio, a la pérdida de libertad.

Es una película absolutamente hipnótica, Rossellini coloca en medio de la Italia más arraigada a una estrella de cine internacional y la hace actuar con actores no profesionales, el resultado es tan honesto y visceral que la convierte en una maravillosa alegoría entre lo nuevo y lo viejo, lo racional y lo supersticioso.
Europa ’51 (1952)
En Europa ’51 Ingrid Bergman interpreta a una mujer de la alta burguesía con un estilo de vida superficial que le lleva a ignorar a su hijo que termina por suicidarse. Esta tragedia le lleva a buscarse no solo a ella misma sino a encontrar a los demás, a bajar del mundo de las élites para internarse en el mundo real, que termina absorbiéndola, y para el que decide vivir. Esa entrega por ayudar a los demás hace que la internen en un psiquiátrico con el beneplácito de su marido y su propia madre que no entienden su comportamiento. Aquí es la Europa de la postguerra, de los años 50 que trata de pasar página al horror de la guerra pero cuyas consecuencias se vuelven imposibles de olvidar y que intenta encontrar el sentido de su propia vida ayudando a los que parecen necesitarla.

Ya no creo en el amor (1954)
Fue la única película que rodaron fuera de Italia, en Alemania, donde Rossellini vuelve años después de haber filmado Alemania, año cero (1948). Bergman interpreta aquí a Irene la esposa de un científico que fue apresado durante la guerra y de cuyo laboratorio ella quedó al frente. La infidelidad, el espionaje, la duda de todo cuanto les rodea, el matrimonio protagonista de este filme, que se adentra estéticamente en el expreionismo alemán y el noir americano, ejemplifica la esquizofrenia de una Europa suspicaz en la que no se puede confiar en nadie, en la que cualquiera puede traicionar al otro. La tortura psicológica del marido a la esposa, sin que ella lo sepa, deriva en paranoia y desconfianza.

Te querré siempre (1954)
El último filme del matrimonio Bergman-Rossellini y uno de los más descarnados de esta institución. Un matrimonio inglés, viaja a Nápoles por un asunto de una herencia, durante su estancia se dan cuenta de que en los últimos años apenas han estado a solas, no hay mucho de qué hablar y cada uno sigue haciendo de forma independiente lo que les apetece. El coche, que les permite la independencia es fuente de disputas y ambos se encuentran apalancados en una completa incomunicación. A estas alturas, poco quedaba por salvar del matrimonio del cineasta y la actriz, el desgaste, las diferencias hacían insalvable una unión personal y profesional que estaba a punto de terminar.

Años después Bergman se lamentaba:
“Yo no encajaba en lo que él quería hacer. No podía evitarlo. No era la persona adecuada para sus películas. Tampoco era la persona adecuada para su vida privada, pero cuando los dos comprendimos esto, ya teníamos tres hijos preciosos. (…) Habría sido mucho mejor que Roberto me hubiera dejado actuar en las películas de otros magníficos directores que querían que trabajara con ellos. Yo habría aprendido mucho, y él no se habría visto obligado a deformar sus películas en función de mí. Pero no quiso que hiciera una película ni siquiera con su amigo Federico (Fellini).”
Y, sin embargo, la contribución al cine de esta pareja que desafió al mundo es impagable. Ellos no lo vieron en su momento, pero el tiempo ha puesto perspectiva y su historia, con muchas luces y muchas sombras, es parte del legado universal de la cinematografía.



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