Ida Lupino, la excepción a la norma

Que supiera hace poco que Ida Lupino había sido directora de cine es una consecuencia de cómo se ha ido narrando la historia del cine, es decir, con las mujeres totalmente excluidas de ella y me reafirma en lo importante que es recuperarlas. Ida Lupino, como estrella de cine de los años 30-40 quedó eclipsada por actrices como Bette Davis (con quien compartía estudio) o Barbara Stanwick. No pasó a la historia como una de las grandes y su nombre me sonaba pero era incapaz de mencionar una película en la que ella apareciese.

Cuando empiezo a investigar y a estudiar sobre las mujeres en el cine, descubro que, no solo fue una estrella del Hollywood clásico, sino que fue directora de cine y de televisión pero es que además, fue guionista y productora y ahora, puedo mencionar trabajos suyos como cineasta o series en las que dirigió episodios. De este modo enmiendo mi ignorancia y, no solo eso, añado un nombre más a la nómina de mujeres que fueron pioneras y que destacaron en una profesión cuya hegemonía siempre ha sido masculina y reivindico su extenso trabajo.

SUS ORÍGENES

Ida Lupino nació en Londres en una familia de actores y músicos. Su padre era el actor de musicales más famoso del West End londinense y su madre una de las mejores bailarinas de claqué. Estaba claro que la pequeña Ida iba a seguir los pasos de una larga estirpe familiar dedicada a las artes escénicas. Así que ingresó a los trece años en la Royal Academy of Dramatic Arts de Londres y en seguida comenzó a trabajar en cine. Ida Lupino siempre aparentó más edad de la que tenía en realidad y su físico la llevó a que le ofrecieran papeles de jóvenes en la veintena cuando ella solo tenía 14 años.

Ida Lupino

Al poco, la jovencísima Ida marchó con su madre a Hollywood gracias a un contrato con Paramount. Su pelo rubio platino, sus cejas ultra finas la convirtieron en una starlet más de las muchas que llegaban durante la década de 1920 a la meca del cine, siempre interpretando a mujeres jóvenes candorosas en papeles en películas de serie B e irrelevantes. A mediados de la década de los 30 Lupino trabajó en varios títulos en Columbia y comenzó a ser tenida en cuenta como actriz dramática.

Cuando Ida Lupino decidió cambiar de imagen tiñéndose el pelo de oscuro y ensanchando sus cejas dejó atrás los papeles insulsos para convertirse en una actriz más cercana a la mujer fatal de aquellos años, más madura y más exótica esta vez en la Warner Bros. Sin embargo, Lupino tenía un espíritu inquieto y, mientras trabajaba como actriz, escribía guiones, componía música y se interesaba por los aspectos técnicos de la producción cinematográfica.

Se creó fama de difícil porque comenzó a rechazar papeles cuando consideraba que no eran relevantes. Y cuando en 1947, tocaba renovar su contrato con la Warner, ni ella ni el estudio movieron ficha por esa renovación. Ida Lupino fichó por la 20th Century Fox. En 1951 protagonizó On Dangerous Ground y cuando su director, Nicholas Ray, se puso enfermo, Lupino tomó las riendas de la dirección en su ausencia. Comenzaba así su, carrera insólita y excepcional en aquellos años, como directora de cine.

IDA LUPINO, DIRECTORA DE CINE

Entender que lo que hizo Ida Lupino fue hacer historia del cine, pasa por conocer cuál era la situación de la mujer en aquellos años en la industria cinematográfica. Tras las dos primeras décadas en las que el cinematógrafo se fue incorporando a la sociedad, primero como invento anecdótico y poco a poco como medio cultural de masas, las mujeres vieron cómo su presencia en los diferentes oficios del cine se fueron reduciendo a la actuación, la peluquería y maquillaje y la función de script. Si en las dos primeras décadas del siglo XX había mujeres dirigiendo, escribiendo y produciendo, cuando el cine se hizo sonoro y cada vez más beneficioso a nivel económico, las mujeres fueron desapareciendo de puestos creativos de responsabilidad. En los años 50, no había directoras en EE.UU., algunas de las guionistas que trabajan en estudios intentaban dar el salto a la dirección pero no lo conseguían, algunas consiguieron producir, pero fueron pocas.

Ida Lupino dejó los grandes estudios y fundó la productora The Filmakers con su segundo marido, el productor y guionista, Collier Young. Este no era un hecho aislado, estaba acabando la década de los 40 y el sistema de estudios se estaba derrumbando. Numerosas productoras pequeñas fueron apareciendo, entre ellas la del matrimonio Young-Lupino, él productor y guionista, ella también y, además, directora.

Ida Lupino irrumpe en el panorama del incipiente cine independiente, aunque los primeros largos de The Filmakers estaban ligados a la RKO, la libertad de temas y recursos estilísticos sitúan su obra en el cine social y lejos de los encorsetados límites que Hollywood imponía. Su primera película como directora fue Not wanted (de la que se hace cargo cuando el director sufre un infarto) que narra la historia de una madre soltera adolescente y será la primera colaboración con la actriz Sally Forrest que Lupino prácticamente amadrina. Con ella rodará también Never fear (1950) sobre una joven bailarina que enferma de polio y pierde la movilidad en las piernas, y Hard, fast and beautiful (1951), sobre una joven promesa del tenis profesional. A estas películas hay que añadir Outrage (1950), en el que cuenta la violación a una joven de clase trabajadora y sus posteriores secuelas, esta vez sin la presencia de Forrest.

Sally Forrest e Ida Lupino en el rodaje de Never Fear (1950)

A Lupino le interesaban mucho los casos reales que le servían para poner en pantalla personajes y situaciones que no eran los que el cine solía mostrar. En Never fear, por ejemplo, rodó en un auténtico sanatorio de rehabilitación y los enfermos que aparecen eran los propios internos. Esta es, además, una película con tintes autobiográficos ya que ella misma había sufrido polio en su juventud. En estas películas, hay que destacar el retrato que hace de la clase trabajadora, pues todos los personajes pertenecen a ella, sus protagonistas trabajan de oficinistas, de gasolineras, en fábricas. Su mirada femenina nos lleva a que estos retratos de mujeres jóvenes con problemas reales se nos presenten con una complejidad y una comprensión muy particular. A pesar de que en algún momento, el desenlace tenga cierto tono condescendiente, como en el caso de Outrage, cuando el sacerdote decide por la protagonista que debe volver a su ciudad, en sus filmes, la directora y guionista nunca juzga, ni castiga, ni da lecciones de moralidad. En Not wanted, el embarazo adolescente, fuera del matrimonio, está mostrado como algo que no es excepcional (el hecho de que la protagonista termine acogida en una institución para madres solteras lo demuestra), además, no le hace falta castigar a la protagonista el simple hecho de tener que tomar la difícil decisión de dar al niño en adopción y del sufrimiento que ello le acarrea, es más que suficiente para que los espectadores entiendan las duras consecuencias que pueden tener determinados actos (estamos hablando de los años 50 en los que esta situación condenaba a una mujer al ostracismo social), si bien, Lupino le da un final esperanzador, un final en el que la protagonista tenga una segunda oportunidad para rehacer su vida. Como le dice la directora de la institución a la protagonista: “Estamos aquí para ser tus amigos, no tus jueces.”

Ese es el gran legado de la mirada femenina de Ida Lupino, el no juzgar. El simplemente exponer unos hechos y dar una nueva esperanza. No creo que sean filmes de denuncia, por ejemplo, en el caso de Outrage, no hay un cuestionamiento de la violación, pero sí hay un desculpabilizar a la víctima y darle la oportunidad de intentar superar el trauma y poder continuar su vida de una forma más o menos feliz. La directora tiene la oportunidad de contar vidas de mujeres reales y la aprovecha, visivilizando historias que le importan. Otro de sus legados sería la oportunidad de ver personajes femeninos liderando películas y en situaciones que no eran habituales en el cine de la época, como la tenista profesional de Hard, fast and beautiful.

Sally Forrest y Claire Trevor en Hard, fast and beautiful (1951)

El autoestopista y El bígamo

De esta etapa con su productora The Filmakers, cabe destacar sus obras El autoestopista y El bígamo. Lupino seguía escogiendo temas poco complacientes y convencionales. La cineasta no quería ser encasillada en un tipo de películas, así que en 1953 filma su obra El autoestopista que poco a poco, a la vez que pone en valor la obra de la directora, se ha convertido en un filme de culto. Dos amigos que se van de pesca recogen a un autoestopista que resulta ser un asesino al que está buscando la policía. Esta road movie, sobria, efectiva y elegante, constata el oficio de Lupino como directora, rodeada por un equipo masculino y dirigiendo una película, a priori, fuera de su zona de confort, Lupino sale muy airosa y firma un obra rotunda y solvente. De ella me gusta destacar el respeto por los personajes mexicanos (algo muy de una autora preocupada por las cuestiones sociales y las tensiones raciales). Son personajes a los que dota de una dignidad muy poco habitual en los retratos que en aquella época se hacía de personajes extrajeros o de otras culturas y que no dan ningún tipo de contrapunto ni cómico, ni malvado, ni folclórico, ni exótico a la trama.

Edmond O’Brien, William Talman e Ida Lupino en el rodaje de El autoestopista (1953)

El bígamo es una obra de madurez y en ella Lupino vuelve a tratar un tema incómodo y nada complaciente. Es la historia de un comerciante que vive en San Francisco con su esposa y que, en un momento dado, se casa con su amante de Los Ángeles, cuando se entera de que esta está embarazada. Está protagonizada por Joan Fontaine, Edmon O’Brien y la propia Lupino que se convierte en la primera mujer en protagonizar un filme dirigido por ella misma. En este filme de matrimonios varados, de vidas infelices y solitarias, lo de menos es la bigamia. Ida Lupino huye del melodramatismo tan de moda en el cine de los 50. El trío protagonista demuestra una humanidad tal que es imposible que podamos ponernos de parte de ninguno, son complejos y coherentes. La crisis de un matrimonio que no puede tener hijos, la soledad de todos los personajes que les lleva a otras realidades, el querer hacer lo correcto, sin pensar en cómo puede afectar… cuando un argumento como este podría haber descarrilado en manipulación por parte de ellas o en crueldad por parte de él (como parte de los comportamientos estereotipados entre ambos sexos en este tipo de argumentos), Lupino toma distancia y no toma partido, no juzga y sus personajes evolucionan con una sorprendente madurez emocional.

Otro de los motivos por el que me parece una obra muy interesante es el personaje de Joan Fontaine. Una mujer trabajadora, que lleva la empresa de su marido porque él es el viajante. Una mujer que disfruta con su trabajo, que tiene un puesto de responsabilidad y que cuando tengan el hijo que esperan adoptar seguirá trabajando aunque bajará el ritmo. Estamos en los años 50 y el hecho de que una mujer no tenga intención de dejar de trabajar para convertirse en madre a tiempo completo es bastante excepcional, y que esto se muestre en una película y que a esa mujer no se la convierta en un ser abominable y perverso es algo como de otro planeta.

Edmond O’Brien y Joan Fontaine en El bígamo (1953)

Es cierto que la obra de ida Lupino no se puede considerar feminista (en varias de sus obras los desenlaces son paternalistas y convencionales en los que el amor romático salva a sus protagonistas), pero su importancia como autora está en el hecho de que en aquellos años se pusiera detrás de una cámara y escribiera, dirigiera y produjese historias que les pasaban a las mujeres reales y que nos mostrase la realidad social de aquel momento, lejos del technicolor y el boato conservador y patriarcal de Hollywood. Ida Lupino aprovechó su independencia para poder hablar de temas que le interesaban y en los que creía aun a costa de presupuestos muy modestos y de tener que prescindir de grandes estrellas. Su obra es coherente con su época y a la vez consecuente con su deseo de mostrar a la gente corriente en historias reales. En su declaración de intenciones como productores independientes ella y su marido Collier Young firman el siguiente manifiesto:

“… nosotros los productores independientes debemos continuar explorando nuevos temas, probar nuevas ideas, descubrir nuevos talentos creativos en todos los departamentos…

…como independientes, a veces es duro, pero es bueno para tener iniciativas. La dificultad de hacer algo diferente es sana. Creemos que es sano también para nuestra industria.”

Durante aquellos cinco años de The Filmakers, Lupino revitalizó el cine de conciencia y tomó el relevo de su antecesora la directora Lois Weber que también destacó por sus filmes de temática social. Gozó además, de una libertad creativa que muy pocos cineastas conseguían en aquella época.

LA TELEVISIÓN

En 1954, The Filmakers pasa a convertirse en distribuidora e Ida Lupino abandona el barco, ya divorciada de Young. Comienza así una nueva etapa profesional esta vez en el nuevo medio emergente que comienza a hacerse un hueco en los hogares estadounidenses: la televisión. Dado el carácter ecléctico de su obra cinematográfica y su sensibilidad para las historias de mujeres no tuvo ningún problema en conseguir ser la primera mujer que dirigía capítulos para series de televisión.

El primer trabajo de Lupino en este medio fue la dramatización de un suceso real: el juicio de Mary Seurat que fue ahorcada como sospechosa del asesinato de Lincoln. Sin embargo, pronto se vio implicada en programas muy diferentes. El productor Richard Boone le pidió que dirigiera episodios para la serie de western Have gun will travel y también dirigió capítulos para El fugitivo, Los intocables, Alfred Hitchcock presenta o El show de Donna Reed entre otras muchas series. Es decir, su trabajo fue de lo más variado, si bien en muchas ocasiones la requerían para episodios en los que había en el argumento algún conflicto o línea argumental en la que la protagonista es una mujer. De hecho, el productor de series para las que Lupino dirigió episodios, Norman Macdonnell, comentaba: “Se recurre a Ida cuando se tiene una historia de mujer de alguna envergadura y se requiere de veras que impacte”. Su carrera en televisión fue extensa, no solo como directora, sino también como actriz, carrera que no abandonó hasta 1978.

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