Cuenta la directora Petra Volpe que Suiza es un país que sabe muy bien crearse una imagen. Una imagen de progreso, una imagen idílica de país de primer mundo. Pero que Suiza sigue siendo un país extremadamente conservador, un país en el que el nivel de vida es muy alto y en el que, por tanto, sus habitantes no se plantean los cambios, nada ha de modificarse no vaya a ser que todo empiece a ir peor. Tal vez eso explique que Suiza fuera uno de los últimos países en conseguir en sufragio femenino, de hecho se fue consiguiendo poco a poco, por regiones y cantones y hasta 1990 no se consiguió en todo el país (y por orden del Tribunal Federal). Así que Petra Volpe quiso contar una pequeña historia de lucha en un lugar pequeñito de Suiza para hablar de esta gran lucha que fue la consecución del voto femenino.
En El orden divino se narra la historia de unas mujeres en un pueblo suizo que, en 1971 se organizan para intentar conseguir el voto femenino. A través de sus pequeñas vidas, Volpe pone encima de la mesa cuestiones universales del feminismo. Es esta una humilde y correcta película, sin pretensiones épicas, que representa un microcosmos que personajes para contar el paso de un modelo tradicional de mujer, de hombre, de familia, de sociedad, a un modelo más justo e igualitario.
La protagonista de esta historia es Nora (Marie Leuenberger), un ama de casa casada con dos hijos y un suegro del que cuidar. Por lo que sabemos de ella, su vida ha seguido el orden establecido: trabajó hasta casarse y ahora solo se dedica a la casa y los hijos. Sin embargo, Nora no es feliz y cuando ve en el periódico una oferta de trabajo para una agencia de viajes, decide comentarlo con su marido y solicitar el puesto. Pero se da de bruces con la incomprensión de este que le dice que lo tiene todo, que no les hace falta el dinero y que, además, necesita su consentimiento para poder hacerlo. Así que cuando unas activistas sufragistas le dan un montón de folletos y la Mística de la feminidad de Betty Friedan, Nora comienza su tímida, pero progresiva, evolución/revolución personal.
LO PRIVADO ES POLÍTICO
Nora se da cuenta de las leyes injustas, cuando las sufre en ella misma, y a la vez mira a su alrededor y sigue viendo cómo las leyes y la sociedad establecida afectan a la vida de las mujeres que la rodean: su sobrina Hanna (Ella Rumpf) a la que internan, por nada en particular, solo por tener una conducta sexual “reprobable”; Vroni (Sibylle Brunner), su mayor aliada, que perdió todo el restaurante en el que trabajó toda la vida con su marido porque este se había gastado el dinero que habían ganado, su cuñada Theresa (Rachel Braunschweig) sufre malos tratos por parte de su marido…
La famosa frase que acuñó la feminista Carol Hanisch: “Lo personal es político” o “Lo privado es político” queda muy bien ilustrado en la película: Nora quiere trabajar, una decisión personal, pero las leyes (lo político) le dicen que necesita el consentimiento de su marido. De esta forma, a través de las consecuencias que tienen las leyes en las vidas de las mujeres y que les impide desarrollarse como personas es como la política entra en la vida de ellas y condiciona sus vidas sin que puedan desarrollarlas libremente.

LAS MUJERES QUE ACOMPAÑAN A NORA
Petra Volpe reúne en su filme a un grupo de mujeres que son una pequeña representación de las mujeres en general. Así podemos encontrar a las que reniegan del feminismo, a las que lucharon por él, a las que intentan llevar su vida como les parece, a pesar de las críticas, a las que se dan cuenta de que tienen que cambiar… También reúne a un grupo inter generacional: Vroni es la más mayor del grupo, ya luchó por el sufragio en el año 1953 y a pesar de ser la que tiene más consciencia de todas siempre vivió en la contradicción entre sus convicciones y su realidad; Hanna (la sobrina de Nora e hija de Theresa) es la más joven, su manera de protestar es la de la rebeldía individualista, no hay una intención de lucha política en ella, sino una intención de rebeldía personal; y Nora, Theresa y Graziella (Marta Zoffoli) que se encuentran en la generación intermedia y tienen que lidiar con su educación convencional para intentar cambiar sus vidas gracias a los cambios que se van produciendo en la sociedad y ellas.
Así, alrededor del hecho puntual de intentar conseguir el voto, los círculos van creciendo y van sumando su lucha por pasar del espacio privado tradicional al espacio público, por el descubrimiento de su propia sexualidad y por el derecho a poder decidir cómo vivir tomando conciencia de que son o deberían de ser personas de pleno derecho.

HANS, EL “NUEVO” MARIDO
Una de las cosas que más me gusta de la película es la evolución del matrimonio protagonista, el formado por Nora y Hans (Maximilian Simonischek). Al igual que el resto del pueblo y que la propia Nora, Hans ha sido educado en los valores tradicionales. Y por supuesto es reticente a los cambios. No entiende que su mujer sea infeliz, cuando según él lo tiene todo. Sufre las burlas de sus compañeros de trabajo cuando Nora se ausenta para participar en la huelga de mujeres y se tiene que hacer cargo de la casa. Hans es el paradigma del hombre que poco a poco aprende a convivir con la nueva situación de la mujer. Escucha a su mujer cosas como que no es feliz o que nunca ha tenido un orgasmo y lejos de enrocarse, vive un proceso de autoconocimiento y autocrítica que le lleva a entender que las cosas tienen que cambiar. Aprende a evolucionar y al evolucionar él, evoluciona el matrimonio y la vida de su mujer y la de su familia.
Nora y Hans son el reflejo de tantos millones de parejas que aceptaron los nuevos roles y valores más justos, al asumir el nuevo estatus de la mujer como persona de pleno derecho. Y es que los hombres como Hans son imprescindibles para igualdad de las mujeres, pensemos que el caso del sufragio femenino, eran ellos los que tenían el poder decisivo, eran ellos los que podían votar.

LA REVOLUCIÓN SEXUAL
Y mientras, también se cuela la revolución sexual, porque estamos en los años 70 y el feminismo seguía allanando caminos. Y por revolución sexual se entiende, y así lo muestra Volpe en El orden divino, el descubrir la sexualidad femenina. El descubrir sus propias vaginas y descubrir su propio placer. El viaje que emprende Nora pues, la lleva a un autoconocimiento íntimo que nunca había tenido y a encontrarse con una sexualidad reprimida.

Nora reconoce no haber tenido un orgasmo, ni siquiera se ha masturbado nunca, para sorpresa de sus compañeras de lucha que la animan a que lo haga para comprender su sexualidad. Ha tenido dos hijos, pero ya está, el sexo como función reproductora para la mujer queda expuesto, cuando descubre que ella también tiene una sexualidad que disfrutar y así se lo hará saber a Hans, su marido. Nora vivirá su propia revolución sexual en la escena más tierna de la película, en la última, en la que lo cierra todo, en una escena que solo una mujer feminista podría haber concebido y escrito así.
