Sorprende mucho volver a ver esta película a comienzos del siglo XXI, cuando se ha verbalizado y puesto en la palestra la violencia machista contra las mujeres, porque Gilda, en el fondo, es una película en la que se narra un auténtico maltrato psicológico hacia la protagonista sin que, aparentemente, lo parezca. Creo que sigue siendo una película fascinante, pero hoy en día merece una relectura con perspectiva de género, porque más que una película de cine negro de los años 40, es un filme que refleja perfectamente la historia de la evolución de un maltrato. Si, además, tenemos en cuenta que 1946, año en el que se estrenó la película, fue el año que más espectadores registró el cine en EEUU, nos podemos hacer una idea de la importancia que películas como esta tenían en la construcción del imaginario colectivo y la normalización y perpetuación de comportamientos perversos y desiguales entre ambos sexos.
Para las que no recordéis el argumento de la película, Johnny Farrel (Glenn Ford), un buscavidas, comienza a trabajar como ayudante y segundo de a bordo para Ballin Mundson (George Macready) dueño de una sala de fiestas y casino en Buenos Aires, tras la Segunda Guerra Mundial. Ballin se va de viaje y vuelve casado con Gilda (Rita Hayworth), que había tenido una relación anterior con Johnny. Ballin le pide que la vigile y cuide de ella. En un momento dado, este simula su propia muerte, tras lo cual Johnny y Gilda se casan, pero lo que ella no sabe es que Johnny solo lo hace por despecho, por cómo se comportó ella durante su matrimonio con Ballin.
GILDA, ESE OBJETO QUE SE COMPRA
Comencemos el análisis del que, para mí, es el motivo que circula por todo el filme: la mujer como objeto. Es bastante obvio que el personaje de Gilda encarna la erotización y sexualización de la mujer convertida en objeto de deseo de la mirada masculina. Desde el primer momento en el que la vemos surgir de la nada, entrando en cámara desde abajo con un movimiento de cabeza en el que su pelo y sus hombros parecen constituir su carta de presentación, Gilda aparece como objeto deseado, listo para atraer las miradas, no solo de los personajes que transitan por el universo narrativo de la película, sino del espectador masculino sentado en la butaca de cine.

Pero vayamos un poco más allá, Gilda, además, es un objeto que se compra. No es solo que ella se exponga y se la admire como algo bonito, se la pone al mismo nivel que el resto de pertenencias de su marido, pasando a ser una posesión más de Ballin. En la escena anterior a su aparición, Ballin nos va poniendo en antecedentes tanto a Johnny como a los espectadores al hablar de su matrimonio rebajándolo a una mera transacción, donde Gilda es el objeto comprado, en ningún momento se establece una relación de amor y respeto entre ambos. Y este concepto de la compra y la posesión es el que planeará durante todo el relato y estará en boca de todos los personajes, incluida la propia Gilda que aceptará (o no) esta situación. Frases como:
La que Ballin le dice a Gilda refiriéndose a lo que hace Johnny para él: “Cuida de todo lo que me pertenece.”
La que Gilda le dice a Johnny: “Tienes que cuidar de mí porque soy propiedad del jefe.”
El diálogo entre Ballin y Johnny:
Ballin: Cuando quiero algo…
Johnny: Lo compras enseguida.
Todo el argumento se sustenta en base a de quién es propiedad Gilda, primero de su marido y luego de Johnny.

LA JAULA DE ORO
Por tanto, si Gilda es un objeto valioso, además, tendrá que ser custodiado y ahí es donde entra la perversa relación que Jonnhy establece con ella. Porque recibe la orden, por parte de Ballin de vigilarla, de no dejarla sola, de protegerla y, en cierto modo de aislarla del resto del mundo. Ni siquiera él mismo se ocupará de su mujer. Johnny es el perfecto perro guardián leal a su amo, incapaz de traicionarle ni de cuestionar ni uno solo de sus actos.
Este encierro, casi literal, que vive el personaje de Gilda, está simbolizado en el concepto de la jaula que la encierra y que la aísla del mundo y al que también se hace referencia durante el relato. Primero, está atrapada en la mansión de la que solo sale para ir a que la vean al casino. Solo se la permite salir en condición de trofeo que exhibir. Más adelante, cuando se casa con Johnny, éste la encierra literalmente en un apartamento (al que Gilda entra creyendo que ha llegado a un verdadero hogar que compartir con un marido del que sí está enamorada), según él dice, como castigo por haber sido mala esposa con Ballin. Gilda, nunca será libre. Aunque lo intente, siempre la encuentran y la vuelven a encerrar una y otra vez.
GILDA PIDE AYUDA
A lo largo del filme son varias las veces en las que Gilda pide sutilmente ayuda a Johnny. Le intenta hacer ver que, en el fondo, su matrimonio no es feliz e incluso le insinúa cierta crueldad por parte de su marido. Tiene pánico de quedarse en casa, del silencio que reina allí, de no poder volver a salir. Como es costumbre, la palabra de ella es ninguneada. Johnny no la cree, no le hace caso. Así que ella trata de llamar la atención haciendo uso de su sexualidad y flirteando con los clientes que rondan el casino. Esto la lleva todavía más al descrédito, poniendo al espectador del lado de los guardianes de Gilda. Ella que no cumple con los requisitos del modelo de esposa convencional, abnegada y discreta, no merece ser tomada en consideración, no es digna de confianza y por tanto merece ser vigilada y encerrada para poder tenerla controlada. La duda se cierne sobre ella: algo habrá hecho y se me merece lo que le pasa. Solo cuando un hombre, policía, es decir, figura de autoridad, desmienta que Gilda haya tenido amantes mientras estaba casada con Ballin será cuando Johnny cambie su actitud (ya al final de la película) poniendo de manifiesto, una vez más, que la palabra de los hombres es la que vale, nunca la de las mujeres. De ellas, primero siempre hay que desconfiar.
LA BOFETADA
Tras casarse con Johnny y descubrir que en el fondo, él se quiere vengar por haberle sido infiel a Ballin, este la encierra en la casa que ella cree que será su hogar. Cuando Gilda, cae en la cuenta de lo que le espera con su nuevo matrimonio huye, pero Johnny le tiende una trampa y la trae de vuelta. Cuando Gilda es devuelta a Johnny, es una mujer totalmente humillada y hundida. Termina de rodillas suplicando a Johnny, desesperada por que la deje marchar. Es un punto culmen en todo este periplo de maltrato psicológico al que se ve sometido su personaje durante toda la película. De rodillas a los pies de Johnny, ya no puede caer más. Y su revulsivo es entregarse al mundo. Su famoso número musical del striptease no es más que un abandonarse del todo a su condición de objeto; si solo es una posesión que la posea todo el mundo, parece decir mientras entona Put the blame on Mame (una canción cuya letra echa la culpa del terremoto de San Francisco a una mujer). Gilda se entrega desprovista ya de toda dignidad, de todo amor propio y una vez más intentando llamar la atención de Johnny, esta vez, para que la deje marchar definitivamente.

La bofetada ya no es más que la culminación de un maltrato psicológico, el final de un proceso de acoso y derribo que termina con el primer paso hacia el siguiente nivel: el maltrato físico. La masculinidad de Johnny humillada y un “tú no te vas a salir con la tuya” quedan para siempre en el imaginario colectivo y lo convierte en una lección para no olvidar. El sometimiento de la mujer hacia el varón queda disfrazado de glamour para que sea difícil de cuestionar.
UN FINAL ¿FELIZ?
Hay muchas razones por las que Gilda no es una femme fatale convencional y una de ellas es el final de su personaje. Comparte con las femme fatale del cine negro su hipersexualización y erotización, pero no es una mujer independiente, no es ambiciosa, no corrompe a un hombre bueno y no termina castigada (esto es muerta o en la cárcel) al modo tradicional. Sin embargo, aunque pueda parecernos que el final de Gilda es un final feliz (Ballin es asesinado, tras lo cual, ella y Johnny se van juntos), es un final tremendamente perverso: ella se auto inculpa por lo sucedido y, además, se va con su maltratador. Un hombre que ha dudado siempre de su palabra, que la ha encerrado, que la ha pegado, que la ha ninguneado queda convertido en «príncipe azul» para el «fueron felices y comieron perdices» de Hollywood. Sus celos y sus dudas hacia ella, quedan diluidos y disfrazados de amor romántico, cuando al final el personaje del policía achaca su comportamiento al amor y a la pasión. Tras todo lo sucedido en la película, no podemos dejar de sentir una punzada de miedo al pensar en un futuro siniestro e incierto para la protagonista.

