Mujercitas a través de sus películas

En cuestión de remakes, puede parecer que llega un momento en el que habría que parar. Particularmente, no me gusta ver remakes de películas que eran originales, es decir, que no provienen de la adaptación de una obra literaria, porque considero que se crearon y se hicieron en ese momento y de esa manera por algo. No sé si me gustaría ver un remake de Casablanca, a pesar de su planteamiento cuestionable en cuanto a los personajes femeninos o el colonialismo blanco. Pero la película se hizo en un determinado momento específico y, a pesar de que hoy nos pueda rechinar en algunos aspectos, no tendría ningún sentido en la sociedad actual.

Sin embargo, cuando se adaptan obras literarias, generalmente se hacen interpretaciones. Si tenemos en cuenta que no se puede plasmar todo el contenido de una novela en una película que dura entre 90 y 120 minutos, el mero hecho de la elección de qué se muestra y qué se omite, ya implica una visión y una lectura diferente según quién adapte el original y dependerá también de la época, del contexto social y de qué personas estén implicadas en el proceso creativo. Así, una película que adapte una novela (o cualquier otro tipo de obra literaria) puede ser mala o buena, ser muy fiel al espíritu del libro o ser muy libre, y todo dependerá de las elecciones que se hagan.

En este caso, el libro que nos ocupa es Mujercitas de Louisa May Alcott y las 4 adaptaciones cinematográficas que ha hecho Hollywood de ella (he omitido la versión de 1917 porque no he conseguido su visionado). Sus distintas adaptaciones son un fiel reflejo del momento histórico y social en el que fueron realizadas y es fascinante ver cómo de un mismo texto se pueden sacar visiones tan diferentes.

La primera versión la dirigió George Cukor para la RKO en 1933. Era una de las primeras películas de Katharine Hepburn y su cuarta colaboración con Cukor que pensaba de la actriz que era la encarnación de Jo March. Para el estilo de interpretación actual, Hepburn está demasiado sobreactuada en su papel, su interpretación todavía está demasiado ligada a las técnicas del cine mudo, lo que le confiere demasiada teatralidad a su trabajo. Las interpretaciones del resto de las hermanas March corrieron a cargo de Frances Dee (Meg), Joan Bennet (Amy) y Jean Parker (Beth). La película se llevó el Oscar al mejor guion adaptado y, sin embargo, es tan poco fiel al espíritu del libro que cuesta creerlo. Pero hay que tener en cuenta que esta adaptación se produce en plena crisis económica tras el crack del 29, por lo que las vivencias de las hermanas March se han adaptado hasta límites insospechados a la ideología imperante del New Deal que el presidente Roosevelt impuso en el país para superar los difíciles momentos. Esto es confianza, idealismo, optimismo, el refuerzo de la identidad colectiva y de las instituciones como la familia y la religión. Los personajes aparecían con una fuerte conciencia de sus derechos y obligaciones y el filme muestra sobre todo la colectividad de la familia. Las hermanas apenas interactúan individualmente entre sí. Se han omitido aquellos aspectos que pudieran “afear”, y en el fondo humanizar a los personajes, para convertirlos en modelos de virtud y de salvaguarda de los valores tradicionales (baste señalar la escena de la boda de Meg, la ceremonia más religiosa de todas las películas y en la que el primer beso de la novia, ya casada, es para la madre). Si en el libro de Alcott, el elemento desestabilizador era la Guerra Civil, en 1933 es la depresión económica y en una suerte de metáfora, la familia March se muestra como ejemplo a seguir en cuanto a lo que pueden hacer las mujeres por la sociedad: ser fuertes, bondadosas, cuidar la casa para cuando vuelva el padre y casarse al final. Cualquier atisbo de rebeldía o de aspiraciones diferentes que puedan tener las hermanas queda en un plano anecdótico, hasta el sueño de Jo de ser escritora queda relegado, por supuesto se menciona, sabemos que escribe, pero nunca se la ve hacerlo. Podríamos decir que es la película más capriana de George Cukor y un fiel ejemplo de la moralidad imperante en el cine de los años 30 que se empezaba a convertir en el medio más influyente por ser el entretenimiento más frecuentado por la población estadounidense.

Mujercitas dirigida por George Cukor (1933)

Tal vez la versión de 1949 sea la más encorsetada de todas aunque la estilizada dirección de Mervyn LeRoy no la hace desmerecer. Han pasado 16 años desde la película de Cukor y EE.UU. se está convirtiendo, tras la Segunda Guerra Mundial, en una potencia económica de primer orden. Ahora la producción corre a cargo de la Metro Goldwyn Mayer que ha mantenido a la guionista de la primera versión, Sarah Y. Manson, y el tema principal musical de Max Steiner (un tema alegre, colorista y casi infantil). Así, esta versión es casi un calco de la anterior, aunque ahora la pobreza y las penurias no pesan tanto y la película se llena de tecnicolor y de comedia. Realmente, solo le faltan unas canciones para ser un musical de la MGM, raro es que no se les ocurriera. Creo que el reparto es desafortunado en los papeles de Jo y Laurie, June Allyson era demasiado mayor (32 años) y Peter Langford demasiado alto y varonil, como para interpretar a un adolescente que traspasa los estereotipos de género en el libro, donde es presentado tan alto como Jo y de aspecto extraño y gestos afeminados. El Laurie de Langford deja constancia de una superioridad masculina física que no se encuentra en el original de Alcott (aunque sí en la versión posterior de los editores). Si la versión de 1933 era moralista y el espíritu del New Deal inundaba cada plano, ésta parece la versión que los editores le pidieron a Alcott (una novela ejemplar y moralizante para jovencitas), en lugar que el libro que realmente escribió.

Mujercitas dirigida por Mervyn LeRoy (1949)

Hay que llegar a principios de los 90 del siglo pasado para que el espíritu de la obra original se cuele en la realización de esta nueva versión cinematográfica. También hay que llegar a principios de los años 90 para que sea una directora la que lleve a cabo la nueva adaptación cinematográfica de la novela. A cargo de Gilliam Armstrong, la versión de 1994 se relaja y pierde el corsé (literal, así lo hacen notar las amigas de Meg (Trini Alvarado) al descubrir que no lleva dicha prenda). Deliciosamente interpretada con un magnífico reparto en el que por fin Laurie (Christian Bale) parece un jovencito y Amy (Kirsten Dunst) tiene 12 años de verdad (aunque eso implique un cambio de actriz, Samantha Mathis, a mitad de la película), esta versión es un canto a la alegría y a la complicidad entre las hermanas porque recupera los momentos íntimos entre ellas (algo que no pasaba en los anteriores filmes), las vemos en sus dormitorios, como confidentes, ayudándose entre ellas, pero también con sus rencillas, de hecho esta película recupera el incidente entre Amy y Jo cuando la primera le quema los escritos a la segunda y después, esta última la rescata del hielo junto con Laurie, la complicada relación entre ellas dos (menos idílica y más realista) por fin sale de las páginas del libro. Aunque también aquí la protagonista indiscutible es Jo (Winona Ryder, que fue nominada al Oscar en la categoría de Mejor Actriz), Armstrong salpica escenas relativas al resto de hermanas para que podamos tener una visión más profunda de ellas y más cercana a las hermanas de la novela.

Armstrong también introduce temas que en las anteriores películas no aparecían, como la envidia que siente Jo hacia Laurie porque él se va a la universidad, la mención del transcendentalismo como corriente filosófica (a la que pertenecía el padre de Alcott ) y las conversaciones sobre literatura y filosofía que tiene Jo con el profesor Baher (Gabriel Byrne). Además, se introduce la visión feminista y sufragista de la autora al defender Jo el voto femenino, delante de un grupo de hombres. También, Marmee (Susan Sarandon) recupera su lugar como madre sabia y confidente de sus hijas. Y por fin, en esta adaptación Jo, por fin, aparece escribiendo con más asiduidad. Su sueño de ser escritora ya no es anecdótico si no que se muestra como una verdadera ambición profesional, sus dedos manchados de tinta así lo demuestran.

Mujercitas dirigida por Gilliam Armstrong (1994)

Y lo que inició Gilliam Armstrong en su película de 1994 lo continúa Greta Gerwig en la última versión y, además, va más lejos todavía. Supongo que mucha gente podría pensar qué hay de nuevo que contar, qué se puede añadir, cómo se puede profundizar aún más… Bueno, pues para empezar, y no es baladí, el montaje altera la cronología de los hechos y no es lineal. Gerwig opta por un montaje emocional en el que el presente y pasado se mezclan de tal forma que nos ayuda a entender el proceso de evolución en la vida de las hermanas, ese es uno de los aciertos de esta nueva adaptación. Además, ahonda más en el resto de las hermanas: la visión romántica de Meg (Emma Watson) que se ve atrapada en un matrimonio en el que hay amor pero no dinero; la pragmática Amy (Florence Pugh) que, consciente de las escasas oportunidades que ofrece la sociedad a las mujeres, abandona la idea de ser artista (porque en su comparación con los grandes genios (hombres) siente que no conseguirá llegar lejos) para hacer un buen matrimonio en el que lo importante sea la posición social y el dinero; la profunda relación entre Beth (Eliza Scanlen) y Jo (Saoirse Ronan) que aquí se profundiza más todavía con la escena del viaje al mar (algo que en ninguna de las anteriores películas se había mostrado); y Jo que hace de su vocación su oficio en el que se entremezcla no solo el proceso creativo, sino la posibilidad de poder ganarse la vida con ello. Recupera también el momento del Club Pickwick de las hermanas, en el que aparecen vestidas como hombres y la inclusión de Laurie (Timothée Chalamet) en sus entretenimientos, escena de la que también pudimos disfrutar en la versión de 1994. Por último, incluye el epílogo del libro en el que Jo abre su escuela en la casa que hereda de tía March, algo que se mencionaba en la versión de Armstrong, pero que ni se pasó por la cabeza de los creadores de las anteriores versiones, en las que solo se dejaba entrever el matrimonio de Jo con el profesor Baher.

Pero lo que hace especial la película de Greta Gerwig es la simbiosis de Louisa May Alcott con su alter ego en la ficción, Jo March, en esas escenas en las que negocia el porcentaje de beneficios y el final que le quiere dar a su protagonista. Personaje y autora se funden (no hay distinción posible) de la mano de otra creadora, una perfecta trinidad de creatividad que va más allá de la ficción y que traspasa épocas y sensibilidades.

Mujercitas dirigida por Greta Gerwig (2019)

Al echar un vistazo a todas estas adaptaciones de la novela de Louisa May Alcott, podemos entender su popularidad y su grandeza, porque su relato es universal, siendo capaz de traspasar épocas y sociedades para llegar al siglo XXI sin perder un ápice de frescura y vigencia, sin resultar anacrónica en su planteamiento.

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